Monday, January 30, 2012

La religiosidad de Ray Bradbury


La luz es buena. La oscuridad es mala.
La vida es buena. La muerte es mala.
El hombre, que representa el bien de la luz y la vida,
avanza contra la muerte y la oscuridad universal.
Ray Bradbury


¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿por qué hemos de desear vivir? ¿Por qué no decirle sí a la muerte?, ¿hay circunstancias que pueden hacerla deseable, apetecible? Cuando la muerte se presenta de forma atractiva ¿se trata de un engaño, de una ilusión?, ¿se trata de un perfecto disfraz?, ¿oculta su verdadera apariencia?... Por otro lado, ¿qué es el ser humano?, ¿cuál es nuestra naturaleza, nuestra esencia?, y ¿cuál es nuestro lugar en el universo?

Todas estas cuestiones han sido abordadas por cientos de filósofos, a pesar de ello continuamos pensando al respecto. En esta entrada veremos las respuestas de Ray Bradbury.


UNA PELÍCULA DE EXTRATERRESTRES

El autor de Fahrenheit 451 se sintió abrumado cuando vio la película Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. ¿Por qué? Porque encontró en ella un gran mensaje...

En México fue a finales de abril de 1978, durante la IX Muestra Internacional de Cine, cuando se exhibió la cinta Close Encounters of the Third Kind, comercialmente se estrenó dos meses después.

En el número 34 de la revista Contactos Extraterrestres apareció un texto en el que Bradbury opinaba sobre Encuentros Cercanos: “Abriendo la hermosa puerta de la verdadera inmortalidad”.



El autor de Crónicas Marcianas consideraba que la película de Spielberg era algo más que la película de ciencia ficción que todos habían estado esperando, era LA película. Y es que la cinta tiene el gran mérito de decirle sí a la vida:

“Encuentros Cercanos llega para salvarnos de los colectores de basura, las almas del cementerio, los destructores, los condenadores que, bien sea que hablen con el grito de enfermo maniaco de un Martin Scorsese o el soprano epiléptico de Ken Russell, nos invitan a cortarnos las muñecas, colgar nuestras pieles y rendirnos al Deseo de la Muerte. Steven Spielberg siente que hemos tenido suficiente de ese material; que basta ya de salir de los cines al medio día para encontrarnos con que es media noche, que basta de saltar desde altas ventanas sin red, y de saltar de la cama por la mañana, dar una mirada al mundo y desear volver a ella y cubrirnos las cabezas con los cobertores.”

Bradbury hacía una interpretación religiosa de la cinta: “esta es una película religiosa en todos los grandes y buenos sentidos de la palabra, los sentidos correctos de esa palabra tan mal tratada. Porque si consultamos nuestro diccionario sobre ciertas palabras radicales de las cuales surgió la palabra religión, encontraremos esto: Religar: volver a ligar, ligar más estrechamente; o bien, juntar, reunir. Hemos necesitado ser reunidos para el Universo, para el Cosmos. Hemos necesitado juntar nuestras almas, nuestros pensamientos, nuestra carne, todo en un solo paquete, para sentirnos un compuesto de la Tierra en la que vivimos, del Sol alrededor del cual circulamos, de la nebulosa que habitamos, y de las estrellas más allá de las estrellas. Somos, después de todo, los Hijos de las Estrellas.”

¿2001, una Odisea del espacio o Encuentros cercanos del tercer tipo? Escribió Bradbury: “A diferencia de 2001 que casi supo lo que quiso decir, pero que falló en sus conclusiones, y a diferencia de Star Wars, que tuvo poco que decir pero que lo dijo con gran estilo técnico y pericia, Encuentros Cercanos sabe exactamente dónde está el centro del universo.”

¿Cuál es ese centro?, ¿qué encontró Bradbury en esta cinta?, ¿por qué le pareció extraordinaria? Bradbury dice que el encuentro entre ellos y nosotros -en realidad el encuentro entre dos humanidades- muestra que la larga pesadilla ha terminado. ¿A qué se refiere? A que la muerte ha dejado de ahogarnos con sus amenazas. Sí, ¡el encuentro asegura la existencia eterna!

Decir no a la exploración espacial equivale a dejarnos morir, para salvarnos, para continuar viviendo debemos lanzarnos a las estrellas. Tal es el mensaje, el gran mensaje que encuentra Bradbury en la cinta: “La gran verdad que enseña es que los seres humanos, no importa su forma, tamaño, color o país estelar de origen, están camino a llegar a ser, a decidir ser, decidiéndose a viajar a fin de permanecer, decidiendo vivir –más que condenarse a sí mismos a esas fosas de cementerios en mundos separados.”

Al final de su texto, Bradbury abunda en esta idea:

Encuentros Cercanos, finalmente, nos hace recordar la película de H. G. Wells Lo que vendrá (Things to Come), de 1936, que preparó a una loca multitud de niños para convertirse en astronautas y hacerlos llegar a la Luna y a Marte. En esa película, cabal, el héroe apuntó a las estrellas y el primer cohete fue lanzado a ellas.

“¿Cuál será?”, se preguntó. “¿Nos quedamos en la Tierra y morimos o nos desplazamos hacia Orión y Andrómeda?” “¿Cuál será?”, se repite.

La interrogación formulada en 1936, es contestada en 1977 por una fuerte, llena y gloriosa voz joven. Steven Spielberg, probablemente el hijo de H. G. Wells, y ciertamente el nieto de Julio Verne y el profeta de nuestro nuevo libro El Génesis, ha gritado su respuesta.
Es afirmativa.

Después de todo, nosotros, pequeños humanos; nosotros, paradójicos monstruos; nosotros, seres adorables, merecemos salvarnos.

Los ecos de su respuesta filmada resonarán a través de todas las generaciones por venir.


NUESTROS PROBLEMAS FILOSÓFICOS

¿Qué somos los seres humano?, ¿cómo definirnos a nosotros mismos?, ¿qué lugar ocupamos en el universo?, ¿tenemos alguna misión? De todo esto reflexiona Bradbury en su Libro para inspirar a Curas, Rabinos y Pastores Desanimados.

Veamos algunas de sus ideas.

A principios de 1950 Bradbury se encontraba escribiendo una historia que se desarrollaba en Marte, entonces sintió la necesidad de platicar de ello con un sacerdote católico. En el cuento, varios sacerdotes llegaban a Marte y observaban espíritus, luces o fuegos azules que revoloteaban por todos lados, se trataba de los marcianos. ¿Aquellas luces eran “humanas”? ¿Cómo saber si los extraterrestres son o no “humanos”? Pero ¿qué es el ser humano? De todo ello deseaba Bradbury hablar con el sacerdote.

Bradbury llegó a la siguiente conclusión:

Si una criatura conoce la diferencia entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, puede optar por el amor en vez del asesinato, puede evitar la violencia, puede extender la paz, puede juzgar, puede valorar, esa criatura es humana, no obstante su apariencia externa, sea de carne o fuego.

La humanidad, al fin de cuentas, es un concepto que sólo en modo indirecto tiene que ver con la forma, el tamaño, el color, la textura o la cantidad de dedos, miembros, cabezas, presencia o ausencia de branquias, colas o, al fin de cuentas, sexo.

Intuimos algo cercano a la humanidad en los delfines, las ballenas y otras criaturas en la Tierra. En mundos lejanos, enfrentados a arañas de seis pies, a distancia segura, evaluaríamos si son humanas juzgando por sus intenciones. No importa lo espantoso de sus máscaras, sus formas, su supuesta apariencia. Si el Espíritu de Cristo o Buda o Mahoma las instruyó, nos sentaríamos a compartir el pan con ellas, confiando en que no serían ni más ni menos paradójicas que nosotros mismos, sabiendo que la oscuridad y la luz existen en todos los que rechazamos el instinto de asesinar más a menudo de lo que lo ejercemos.


Sobre nuestro lugar en el universo y nuestra misión expresa:

¿Qué sentido tienen un billón de estrellas? ¿Qué propósito tienen nebulosas y cometas que pasan como novias pálidas, arrastrando sus velos espectrales camino de bodas cósmicas, si nadie las ve?

El universo se fabrica un ojo con el cual ver sus galaxias mudas y brillantes que esperan.

Crea manos con las cuales tocar texturas mudas de oscuridad y luz aún intocadas.

Crea oídos con los cuales convocar los sonidos de milagros en bruto, moliendo milagros.

La Creación necesita de una lengua con la cual probar el vino de este mundo y hablar de ese sabor salvaje, exaltada por el sonido de nuestras palabras pronunciadas en la larga noche de la historia.

Todo el espacio y el tiempo se inhalan a través de los orificios nasales del hombre, para oler el viento dulce de la vida trascendente en medio de tanta muerte.

Representamos la Fuerza Vital en el universo. Si ve, lo hace a través de nuestros ojos. Si oye, lo hace con nuestros oídos. Sus manos se extienden si nosotros extendemos nuestras manos. Sus dedos sólo tocan donde nosotros tocamos.

Sin duda, ésta no es una observación blasfema. Es un descubrimiento o redescubrimiento –como prefieran- revigorizante, triunfal, feliz, salvador.

Y la Creación no piensa poner en riesgo su sensibilidad, su conciencia, su posibilidad de eternidad, permaneciendo en un solo planeta.

Se cubre con piel metálica, se proyecta en fuegos y se prepara para atravesar el espacio.


Pero La Muerte hace acto de aparición e intenta seducirnos, Bradbury nos dice:

Nos preguntamos qué somos y no sabemos.

Deseamos la paz y se nos escapa, eludiéndonos en una persecución confusa.

Yo estoy convencido de que el espacio nos dará un nuevo propósito, acabará con la guerra y dará nueva forma a nuestro concepto de la creación.

Sin embargo, hay una oscuridad en nosotros que, a veces, nos hace sentir cansados y atormentados, no queremos ser buenos, no queremos preocuparnos, no queremos vivir.

Debemos resistir con todas nuestras fuerzas, con toda la luz y el calor en nuestra búsqueda para alejarnos de la guerra e ir hacia la paz.

¿Qué sustituto podemos encontrar para la guerra? Desde que Caín mató a Abel venimos buscando alguna canalización final de nuestra violencia hacia la creatividad, una paz tan poderosa, intoxicante, a veces tan satisfactoria para el alma como la guerra. ¿Es el espacio por fin nuestro sustituto pacífico del Argamedón?

Yo creo que lo es.

Pero hemos salido de la cama, hemos ido a la Luna, hemos extendido la mano para dejar nuestra huella dactilar en Marte. Y a quienes miran fotografías tomadas con telescopios y dicen “Marte está vacío, no hay vida allí”, les gritamos:

Hay vida en Marte, somos nosotros.

Nosotros somos los marcianos.

Hay que moldear el siguiente milenio del hombre en la Tierra. Hay que moldear diez mil años de hombres extraños en el espacio. Hay que moldear diez millones y diez mil millones de años.

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