ELI, ELI, LAMMA SABACTHANI
Las tinieblas engulleron la Tierra con una ferocidad inquietante, evidenciando el origen divino del que agonizaba en la cruz.
Cualquier duda que hubiera sobre su divinidad se disipó en ese instante y con ella la tranquilidad de aquellos hombres que momentos atrás se habían deleitado humillándolo y burlándose de él.
Verdaderamente Hijo de Dios es éste, decían y gritaban con aflicción, sin saber cómo apaciguar el dolor que le estaban causando, pero las heridas estaban abiertas y la sangre manaba de ellas.

Algunos ángeles de los que observaban la terrible agonía, con el pensamiento de calmar su sufrimiento, se acercaron al Hijo del Hombre para lamer sus heridas.
En cada llaga, en cada golpe del que brotaba la sangre, la lengua de los ángeles se posaba buscando que cesara el tormento al que se ofrendaba el Rey de los Judíos.
El tibio líquido que manaba del dios y llenaba sus bocas les nubló la mente, actuando como el más poderoso alucinógeno.
Cuanto más bebían más deseaban, el placer que les causaba no podía compararse con ningún otro; cada ángel codiciaba para sí la sangre divina, el dios se había convertido para ellos en su presa, de un momento a otro se transformaron en hambrientos hematófagos.
Los hombres que presenciaban atemorizados aquel terrible espectáculo, decidieron proteger al Nazareno de sus feroces depredadores bajándolo de la cruz.
Pero al querer ayudarlo, también se convirtieron en feroces carniceros. Al solo tacto la sangre resultaba placentera y sin pensarlo dos veces la probaron, provocando en sus mentes un efecto embriagador.
Ángeles y hombres peleaban por comer y beber del cuerpo y sangre de su dios; la batalla era cruenta, ambos bandos luchaban fieramente por su valiosa presa.
Pronto las heridas se hicieron insuficientes para alimentar a los miembros de aquel ejército que buscando más del líquido vital, mordían con desesperación la carne del Unigénito, quien sentía aversión hacia aquella parvada de bestias que lo herían.
Por su sangre corría frustración, desesperanza, temor, indignación e ira ante el cruel abandono de su padre; “¿por qué me abandonas?” pensaba con resentimiento, sintiendo odiar a su padre que inexplicablemente lo dejaba a su suerte.
Su héroe, su salvador, no sólo había derramado su sangre por ellos sino que también se convertía en su alimento; cientos de dientes se clavaban en su carne causándole el más terrible dolor.
Un par de ángeles compartían el rostro del dios, que mordida a mordida perdía toda forma hasta quedar irreconocible.
Aquello que había comenzado como un acto de compasión se transformó en un banquete sanguinario, hombres y ángeles desgarraban con cruentas mordidas los músculos de todo el cuerpo del Cordero que quita los pecados del mundo.
Le abrieron ferozmente las entrañas y con un placer demencial comenzaron a devorar sus órganos interiores; hundían sus manos con desesperación y con deleite recorrían por dentro el cuerpo del Hijo de Dios; para ese momento habían perdido cualquier contacto con la realidad que pudieran haber tenido.
El tormento no concluía, pues el débil dios continuaba con vida, pero el mundo se le oscureció cuando sus ojos sirvieron de alimento a una adolescente que salvajemente los tomó para sí. Con ayuda de una piedra aquella joven, sin ninguna compasión comenzó a golpear brutalmente el cráneo del dios hasta que el cerebro estuvo a su disposición; lo tomó con una brusquedad indigna de aquel órgano y a grandes mordidas lo devoró llevándola casi a la locura total.
Su corazón alimento a tres hombres que lo habían desgarrado en su pelea por él...
El banquete llegó a su fin, pero no así aquel éxtasis que en realidad duró semanas hasta que recobraron totalmente la cordura.
Se sentían y sabían culpables, pero en su fuero interno estaban satisfechos y de tener otra oportunidad sabían que lo volverían a hacer.
Desde entonces para recordar aquel suculento banquete decidieron llevar a cabo en forma simbólica la comunión con su dios, representando con vino y pan, la sangre y el cuerpo de Cristo.
“El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida
y mi sangre es verdadera bebida.”
Juan 6, 54-55
La sangre digna de los dioses
Fue lo más placentero que había sentido en toda su vida, jamás imaginó que tal placer fuera posible, no quería terminar... Estaba extasiado, como atontado por lo inmensamente sabroso de la experiencia y una hermosa sensación de tibieza invadía su cuerpo.
Tenía 600 años de vida y se reprochó el haberlo hecho hasta ese día. Cuánto tiempo perdido: "Si lo hubiera descubierto algunos siglos antes", se repetía a cada momento.
Sabía que estaba transgrediendo la ley, que el castigo por aquella acción podía ser terrible... pero valía la pena; oh sí, claro que valía la pena. Pensó que podía soportar siglos de castigo por un segundo de aquel placer.

Hasta ese día sus víctimas habían sido seres humanos, pero junto a Ella los seres humanos resultaban algo vulgar, deplorable. El sólo recordar todas las ocasiones en que le había extraído la vida a los seres humanos, le causaba asco, repugnancia... Ella era más digna de él, de los de su especie... su sangre sí era alimento digno de los dioses. ¿Un ser humano?, después de aquello, ¡jamás!, sería preferible morir de sed por toda la eternidad.
Nunca había probado sangre tan exquisita, tan sabrosa, tan hermosamente irresistible; su aroma, su consistencia, su textura entre la lengua y los labios, su sabor... ¡Oh Dioses! ¡Qué bello era todo!... Al tacto le pareció casi tan placentera como al beberla. Sostenía el cuerpo de su víctima junto al suyo en aquel cuarto oscuro, mientras le quitaba la vida en medio de un placer tan arrebatador que casi le hacía perder el sentido... Un verdadero éxtasis.
Pero terminó, la experiencia llegó a su fin a pesar de los deseos del asesino por continuar; el hermoso cuerpo de su víctima, ya sin vida, fue depositado en la cama del cuarto.
Antes de partir la miró sin dejar de sentir un poco de tristeza por ella -le estaría por siempre agradecido-, una adolescente de apenas 15 años que le había mostrado el placer, es decir, el verdadero placer.
En un arrebato, el vampiro se acercó al ángel, le acarició las mejillas, pasó las yemas de sus dedos con sumo cuidado por las bellas alas, tan blancas como seguramente lo había sido el alma de su dueña; le besó la frente sintiendo un amor tan grande como nunca antes lo había sentido por alguien... Le besó los labios con enorme ternura y salió de la habitación por la ventana, con el cerebro latiéndole lenta y tibiamente después de aquel orgasmo; y mientras pensaba que pronto tendría que repetir el banquete, se perdió en la oscuridad de la noche de la lúgubre Ciudad de México.


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