¿Vale la pena vivir en el clóset?
Hace ya bastantes años, cuando comencé a ir a "lugares de ambiente", era común que al conocer a alguien en algún momento surgiera la pregunta "¿y en tu casa saben?", la mayoría respondía "no, pero sospechan". Yo daba esa respuesta, después comprobé que "no hay más ciego que el que no quiere ver". Me refiero a que cuando finalmente le dije claramente a mi papá que soy gay, éste, en lugar de decirme "ya lo sabía", me dijo que le dolía saberlo. Según yo, se trataba de un secreto a voces, ya que nunca había llevado a una novia y por lo general me llamaban chicos a la casa. En fin...
Hace poco, revisando algunos de los correos electrónicos más antiguos que aún conservo, encontré uno de un chavo estudiante de la UNAM que me contaba que en su casa no sabían y que él aún no se aceptaba por completo. Y eso también lo escuchaba mucho: "aún no me acepto completamente, estoy trabajando en eso".
Salir del clóset puede ser algo complejo porque por un lado deseamos la comprensión y aceptación de nuestros seres queridos (amigos y familiares) y además tememos a la homofobia de quienes nos rodean y con quienes convivimos, y por otro, también debemos aceptarnos a nosotros mismos.
Esto último (la aceptación de uno mismo) puede ser difícil si desde que tenemos uso de razón nos la hemos pasado escuchado un discurso homofóbico. Desgraciadamente la mayoría de mi familia es bastante homofóbica.
Quiero pensar que cada vez será más fácil salir del clóset, en parte gracias a internet: el día de hoy los adolescentes tienen a su disposición más información que en otras épocas (gracias alos blogs, las redes sociales y los foros de discusión), así es más facil que lean sobre la tolerancia, el respeto, la democracia, la libertad de expresión, etc.
Y comento todo esto porque hace unos días, buscando información acerca del inicio del movimiento LGBT en México, me encontré con el blog El Clóset Roto, lo escribe Xabier Lizarraga.
El siguiente fragmento es de su más reciente entrada, pero vale la pena leer el texto completo, así que visiten el muy recomendable blog.
Un clóset y dos metáforas
Xavier Lizarraga Cruchaga
El homosexual que se oculta en el "clóset" -que es una institución impuesta por el heterocentrismo- busca explicarse, incluso justificarse de mil y una forma, y por más de mil y una noches. Atenazado por el miedo, se siente comprometido con el otro y obligado a renunciar a su libertad pública, a cambio de conseguir algunas calmas que le permitan disfrutar clandestinos placeres, discretos encuentros eróticos a puerta cerrada… Como en sus días escribiera Carlos Pellicer, no son pocos los que murmuran:
"Que se cierre esa puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
[…]
Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
mirarse demasiado, ni siquiera
callar en buena lid."
Pero para el homosexual no es suficiente cerrar la puerta de la habitación para dar rienda suelta a sus deseos... El simple fingimiento no es garantía de pasar inadvertido y de acceder a la aceptación social; por lo que no pocos homosexuales de clóset pretenden engañar a los demás engañándose a sí mismos. Y sienten tienen que fortalecerse, construirse un yo respetable. De ahí que el homosexual de clóset sea un Fausto con una mente en ebullición que se obliga a trabajar a gran velocidad, que se exige eficiencia y éxitos, y se imagina conseguirlo involucrándose con Margarita, y se casa… realmente convencido de que esa la solución; aunque Margarita, sin duda, es algo más que una idea que deviene obsesión: es una metáfora que deviene fraude.
Como el Fausto, el homosexual de clóset vende su alma al diablo: vende su identidad, su yo-sexual al heterocentrismo. Como Fausto, se esfuerza por aprender todo lo que puede ser conocido sobre el mundo pensado por y para otros sujetos del deseo, el mundo de aquellos que se reconoce distintos en un mundo más allá y lejos de sí, de sus personales propósitos morales. Este Fausto ofrece su alma (la ética de ser él mismo), a cambio de cubrirse con la moral oficial, de abrigarse con las cobijas de la decencia y la respetabilidad confeccionadas por el orden heteronormativo que tiene por poder supremo. Sí, este intranquilo Fausto hace un trato a todas luces perverso y lo sabe, pero se arriesga y condena: ofrece la pérdida de su identidad homoerótica a cambio de una posibilidad de no ser identificado como distinto, y esa pérdida identitaria a nivel social le sirve de moneda para comprarse una más que cuestionable respetabilidad, un disfraz carnavalesco de identidad prefabricada. El demonio heterocéntrico, a cambio, le deja hacer, y aprovecha para avasallar a la homosexualidad en general; le concede la posibilidad de realizarse como un sujeto social “de bien” y “reconocible” en un mundo en el que impera el modelo de las heterosexualidades —no todas igual de respetables—, a cambio de que se una a las huestes de la ortodoxia.
Wednesday, August 31, 2011
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