Nuestros problemas filosóficos
La luz es buena. La oscuridad es mala.
La vida es buena. La muerte es mala.
El hombre, que representa el bien de la luz y la vida,
avanza contra la muerte y la oscuridad universal.
Ray Bradbury
¿Cuál es el sentido de la vida?, ¿por qué hemos de desear vivir? ¿Por qué no decirle sí a la muerte?, ¿hay circunstancias que pueden hacerla deseable, apetecible? Cuando la muerte se presenta de forma atractiva ¿se trata de un engaño, de una ilusión?, ¿se trata de un perfecto disfraz?, ¿oculta su verdadera apariencia?... Por otro lado, ¿qué es el ser humano?, ¿cuál es nuestra naturaleza, nuestra esencia?, y ¿cuál es nuestro lugar en el universo?, ¿tenemos alguna misión?
Todas estas cuestiones han sido abordadas por cientos de filósofos, a pesar de ello continuamos pensando al respecto. En esta entrada veremos las respuestas que Bradbury ofrece en su Libro para inspirar a Curas, Rabinos y Pastores Desanimados.
A principios de 1950 Bradbury se encontraba escribiendo una historia que se desarrollaba en Marte, entonces sintió la necesidad de platicar de ello con un sacerdote católico. En el cuento, varios sacerdotes llegaban a Marte y observaban espíritus, luces o fuegos azules que revoloteaban por todos lados, se trataba de los marcianos. ¿Aquellas luces eran “humanas”? ¿Cómo saber si los extraterrestres son o no “humanos”? Pero ¿qué es el ser humano? De todo ello deseaba Bradbury hablar con el sacerdote.
El autor de Crónicas marcianas llegó a la siguiente conclusión:
Si una criatura conoce la diferencia entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, puede optar por el amor en vez del asesinato, puede evitar la violencia, puede extender la paz, puede juzgar, puede valorar, esa criatura es humana, no obstante su apariencia externa, sea de carne o fuego.
La humanidad, al fin de cuentas, es un concepto que sólo en modo indirecto tiene que ver con la forma, el tamaño, el color, la textura o la cantidad de dedos, miembros, cabezas, presencia o ausencia de branquias, colas o, al fin de cuentas, sexo.
Intuimos algo cercano a la humanidad en los delfines, las ballenas y otras criaturas en la Tierra. En mundos lejanos, enfrentados a arañas de seis pies, a distancia segura, evaluaríamos si son humanas juzgando por sus intenciones. No importa lo espantoso de sus máscaras, sus formas, su supuesta apariencia. Si el Espíritu de Cristo o Buda o Mahoma las instruyó, nos sentaríamos a compartir el pan con ellas, confiando en que no serían ni más ni menos paradójicas que nosotros mismos, sabiendo que la oscuridad y la luz existen en todos los que rechazamos el instinto de asesinar más a menudo de lo que lo ejercemos.
Sobre nuestro lugar en el universo y nuestra misión expresa:
¿Qué sentido tienen un billón de estrellas? ¿Qué propósito tienen nebulosas y cometas que pasan como novias pálidas, arrastrando sus velos espectrales camino de bodas cósmicas, si nadie las ve?
El universo se fabrica un ojo con el cual ver sus galaxias mudas y brillantes que esperan.
Crea manos con las cuales tocar texturas mudas de oscuridad y luz aún intocadas.
Crea oídos con los cuales convocar los sonidos de milagros en bruto, moliendo milagros.
La Creación necesita de una lengua con la cual probar el vino de este mundo y hablar de ese sabor salvaje, exaltada por el sonido de nuestras palabras pronunciadas en la larga noche de la historia.
Todo el espacio y el tiempo se inhalan a través de los orificios nasales del hombre, para oler el viento dulce de la vida trascendente en medio de tanta muerte.
Representamos la Fuerza Vital en el universo. Si ve, lo hace a través de nuestros ojos. Si oye, lo hace con nuestros oídos. Sus manos se extienden si nosotros extendemos nuestras manos. Sus dedos sólo tocan donde nosotros tocamos.
Sin duda, ésta no es una observación blasfema. Es un descubrimiento o redescubrimiento –como prefieran- revigorizante, triunfal, feliz, salvador.
Y la Creación no piensa poner en riesgo su sensibilidad, su conciencia, su posibilidad de eternidad, permaneciendo en un solo planeta.
Se cubre con piel metálica, se proyecta en fuegos y se prepara para atravesar el espacio.
Pero La Muerte hace acto de aparición e intenta seducirnos, Bradbury nos dice:
Nos preguntamos qué somos y no sabemos.
Deseamos la paz y se nos escapa, eludiéndonos en una persecución confusa.
Yo estoy convencido de que el espacio nos dará un nuevo propósito, acabará con la guerra y dará nueva forma a nuestro concepto de la creación.
Sin embargo, hay una oscuridad en nosotros que, a veces, nos hace sentir cansados y atormentados, no queremos ser buenos, no queremos preocuparnos, no queremos vivir.
Debemos resistir con todas nuestras fuerzas, con toda la luz y el calor en nuestra búsqueda para alejarnos de la guerra e ir hacia la paz.
¿Qué sustituto podemos encontrar para la guerra? Desde que Caín mató a Abel venimos buscando alguna canalización final de nuestra violencia hacia la creatividad, una paz tan poderosa, intoxicante, a veces tan satisfactoria para el alma como la guerra. ¿Es el espacio por fin nuestro sustituto pacífico del Argamedón?
Yo creo que lo es.
Pero hemos salido de la cama, hemos ido a la Luna, hemos extendido la mano para dejar nuestra huella dactilar en Marte. Y a quienes miran fotografías tomadas con telescopios y dicen “Marte está vacío, no hay vida allí”, les gritamos:
Hay vida en Marte, somos nosotros.
Nosotros somos los marcianos.
Hay que moldear el siguiente milenio del hombre en la Tierra. Hay que moldear diez mil años de hombres extraños en el espacio. Hay que moldear diez millones y diez mil millones de años.
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