Arthur C. Clarke se ocupó de la religión en diferentes escritos.
En El fin de la infancia, Arthur narra la llegada a la Tierra de los Superseñores (extraterrestres con forma de demonios), y cómo, gracias a la tecnología que utilizan, revelan el verdadero origen de las religiones:
“Ahí estaban –vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores– los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. Casi todas eran nobles e inspiradoras... pero eso no bastaba. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos”.

Clarke imagina en La estrella que un jesuita es el comandante de una nave que se dirige a la nebulosa del Fénix. La tripulación debe estudiar aquella catástrofe:
“Naturalmente, sabíamos lo que era la nebulosa del Fénix. Cada año, sólo en nuestra galaxia, estallan más de un centenar de estrellas: brillan durante algunas horas o días con una intensidad millones de veces superior a la normal, antes de regresar a la muerte y a la oscuridad”.
Al llegar a su destino, descubren un planeta girando en torno a la estrella. “Debía tratarse del Plutón de aquel desconocido sistema solar, orbitando en las fronteras de la noche demasiado lejos del sol central para haber conocido nunca la vida, y cuya lejanía lo había salvado del destino de sus compañeros perdidos”.
Lo que a continuación encuentran perturba el alma de los viajeros y hace que el jesuita se conmueva. “Una civilización que estaba a punto de morir había jugado su última baza para ganar la inmortalidad... Llevaron a aquel lejano mundo, en los días antes del fin, todo aquello que deseaban conservar, todos los frutos de su genio, esperando que alguna otra raza los hallase y no fuesen absolutamente olvidados”.
Aquella civilización maravilla a los viajeros: “Sus mundos eran encantadores, sus ciudades estaban edificadas con una gracilidad que se puede comparar con lo mejor que nosotros tenemos. Los hemos contemplado trabajando y disfrutando, y escuchado su musical lenguaje sonando a través de los siglos. Aún tengo ante mis ojos una escena: un grupo de niños en una playa de extraña arena azul, jugando con las olas tal como lo hacen los niños de la Tierra. Y, hundiéndose en el mar, aún cálido y amistoso y dador de vida, se ve el sol que pronto se convertirá en traidor y aniquilará toda aquella felicidad inocente”.
Pero, ¿qué es exactamente lo que aturde al jesuita? Él mismo admite haber visto los restos de otras civilizaciones, y después de todo, sus colegas “dirán que el universo no tiene propósito ni plan, y que algo así como un centenar de soles estalla cada año en nuestra galaxia, y que en este mismo momento alguna raza está muriendo en las profundidades del espacio. El que esta raza haya obrado bien o mal durante su vida no importa al fin: no hay justicia divina, pues no hay Dios”. El comandante no piensa así: “Dios no tiene necesidad alguna de justificar sus acciones ante el hombre. Él, que ha creado el universo, puede destruirlo cuando lo desee. Es pura arrogancia, y se acerca mucho a la blasfemia, el tratar de decirle lo que puede o no puede hacer”.
El jesuita sabe, ha hecho los cálculos, ha estudiado el asunto, y no hay duda al respecto... es por ello que su fe recibe un golpe demoledor. El jesuita ha logrado fechar con exactitud el momento de la explosión:
“Sé en qué año la luz de aquella colosal detonación llegó a la Tierra. Sé cuán brillantemente la supernova cuyo cadáver se va empequeñeciendo tras nuestra nave que acelera iluminó en otros tiempos los cielos de la Tierra. Sé cómo debió haber aparecido, muy baja sobre el horizonte del este, antes del amanecer, como un faro en aquella alba oriental. No cabe duda alguna: al fin ha quedado resuelto el antiguo misterio. Y, sin embargo, ¡oh, Dios!, había tantas estrellas que podrías haber usado. ¿Qué necesidad había de lanzar a ese pueblo al fuego, para que el símbolo de su fin brillase sobre Belén?”.
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