Vocación equivocada
Eres hermosa.
Eres hermosa.
Me gustas mucho. Pero estoy destinada a admirarte desde lejos. Seguro que ni siquiera te has percatado de mi existencia. Demasiadas admiradoras tienes como para fijarte en mí.
“¿Cómo es que alguien como tú viene a este lugar?”, me pregunté mientras contemplaba tu excelsa figura, mientras imaginaba tus senos, tus pezones en mis labios.
La verdad es que yo llegué por casualidad, sólo buscaba algo de diversión, ya sabes: música, drogas y chicas. Pero te descubrí y ahora me es imposible evitar mi presencia en este maldito local. Si buscabas la peor cantina de la galaxia, déjame informarte que la encontraste. Al parecer todos los que salimos sobrando en el cosmos venimos a parar aquí.
Ya en la madrugada los más exóticos espíritus se acercan a la barra, beben en hermandad, comparten lágrimas, suspiros y lamentos; y hay un deseo en común: que la noche se alargue, que la cruel luz del día tarde en aparecer...
Íncubos con problemas de erección, gnomos sin autoestima, sirenas que han perdido la voz, elfos drogadictos, fantasmas que a nadie asustan, demonios expulsados del infierno, hadas que sufren de arranques incontrolables de promiscuidad, vampiros desilusionados, ángeles de la guarda acusados de negligencia, espectros despechados, aspirantes a santos con una larga lista de pecados cometidos, divinidades cuyos poderes milagrosos se han esfumado, seres humanos atormentados por las más diversas causas... Todos perdedores, todos fracasados.
Y eso te incluye a ti... Bueno, seré sincera... eso nos incluye a las dos.
Me maravillas, no puedo apartarte de mi mente, de mis sueños eróticos, de mis fantasías sexuales. Te has convertido en una obsesión (y, finalmente, eso es el amor, ¿no?). Por ello es que tengo que venir a observarte.
Y cada noche me conmueve la tristeza de tus ojos. Realmente me lastima tu terrible estado de ánimo, tu infelicidad.
Lloras. Sufres... Y, ahora lo sé, tus lágrimas son en vano.
Se supone que por tu naturaleza jamás te sucedería. Por ello es que no estabas preparada para ello, quiero decir que no estabas preparada para el desamor.
Al menos compartimos algo... El pensamiento me causa cierta gracia. Una gracia que hace que mi depresión resulte un poco más tolerable. Yo enamorada de ti, condenada a no ser correspondida; pero tú no cuentas con mejor suerte. No, no te asombres, conozco las razones de tu tormento. ¿En qué momento descubrí tu secreto, los motivos de tu angustia?
No me resultó fácil, con nadie hablas, te limitas a susurrar al licor que tienes frente a ti. Aquella noche un estúpido duendecillo echó una moneda de oro en la consola y eligió la música más triste que pudo encontrar, como para echarle limón a la herida, ¿no?
Muchos lo culparon del suicidio de una deidad de poca monta, la vieja esa tuvo el mal gusto de ir a los baños a cortarse las venas con una navaja, ¿lo recuerdas? Seguro que no, tu ensimismamiento te impide ver la miseria que hay a tu alrededor.
Y debo decir que eso te hace más interesante, incluso más hermosa.
Afortunadamente el dueño supo controlar la situación, pidió que dos hombres-lobo la sacaran y la arrojaran al cubo de los desperdicios. Con eso fue suficiente. “Como si nada hubiera pasado.”, dijo tranquilamente y todos pudimos seguir consumiendo todas esas sustancias que acostumbramos meternos cada noche.
Al menos de eso no puedo quejarme. Desde el primer día que puse los pies en este estercolero me percaté del variado menú con el que cuentan. Vaya que puedes “expandir tu conciencia” con néctares de varias galaxias... Bueno, la verdad es que no soy una experta y me pueden estar viendo la cara de tonta con imitaciones, con falsificaciones, con sustancias adulteradas. Me pueden estar dando gato por liebre. Pero ¿sabes cuál es mi consuelo? Que si es así, no soy la única idiota.
Bueno, te decía que en aquella ocasión, después de que la deidad fue arrojada a la basura, me acerqué a ti. Presté atención a lo que expresabas. Hasta me encabroné con un ángel transexual que no paraba de cantar a grito pelado junto a mí, le exigí que cerrara la boca, ya comenzaba a reclamarme cuando sus ganas de vomitar hicieron que se alejara.
Así fue como tuve acceso a tu corazón. Te escuché con suma atención.
Buscaste la comprensión de tus hermanas, pero se escandalizaron cuando supieron los deseos que había en tu alma. El rechazo fue lo único que encontraste.
Y también por ello te admiro. Tuviste que enfrentar las burlas, la violencia y las miradas inquisitivas. Nada de eso hizo que dieras tu brazo a torcer.
“¿No estás orgullosa de lo que eres?, ¿por qué luchas contra tu esencia?”, te preguntaron con severidad. Y luego la cantaleta: “Rompiste las reglas. Echaste a perder los planes, y todo por ir en contra de tu naturaleza”.
“¿Poder amarlo es mucho pedir?”, balbuceaste entre copa y copa. Quise responderte, consolarte de alguna manera, secar tus lágrimas, abrazarte, besarte y, de ser posible, llevarte a la cama... Pero no tuve valor. Soy sólo una mortal, no puedo aspirar a tu cariño... me tengo que conformar con otras hembras de mi especie.
Deseas –y la sola idea horroriza a tus hermanas- cuidarlo, protegerlo, estar con él... y, claro, ser correspondida.
Pero amarlo y cobijarlo no fue lo que se te pidió. No eres un ángel de la guarda, no puedes serlo, por ello es que tus lágrimas no valen la pena.
¿Cómo entender tu amor por un mortal? ¿Cómo explicar lo que sientes si no eres más que un súcubo?
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