Es domingo.
Pronto caerá la noche.
Vagas por la ciudad.
Sin rumbo fijo. Sin una meta.
Tampoco esperas grandes sorpresas.
Sólo deseas caminar. Sentir el viento contra tu rostro.
Entonces sucede...
Llegas a la entrada del metro Escuadrón 201. Te topas con un puesto de tortas o de tacos, ya está cerrado.
¿Qué podría haber detrás?
Nada. Nada especial.
Un niño.
Un perro.
Un borracho orinando.
Tal vez otro vago: otro que -como tú- disfrute de caminar sin sentido.
Te equivocas.
Entonces los ves.
Parece que no se percatan de tu presencia.
Y tomas la imagen.

No deseas perturbarlos, así que te alejas y continúas disfrutando del viento contra tu rostro.
Vocación equivocada
¿Ángel o demonio?
Se supone que por tu naturaleza jamás te sucedería.
Por ello es que no estabas preparada para ello.
Alguien como tú no podía enamorarse, no era parte de las reglas.
El juego no se trataba de eso.
Lloras, sufres... y es en vano.
Lo que obtienes de tus semejantes no es apoyo sino todo lo contrario. Sabes que estás a punto de convertirte en objeto de las burlas, de la violencia, de las miradas inquisitivas.
“¿Por qué luchas contra tu esencia?, ¿por qué te rebelas de esa forma?, ¿no estás orgullosa de lo que eres, de lo que somos?”
Nada respondes.
Lo único que deseas -y la sola idea horroriza a tus hermanas- es cuidarlo, protegerlo, estar con él... y, claro, ser correspondida.
Pero no eres un ángel, no puedes serlo, por ello es que tus lágrimas no valen la pena.
¿Cómo entender tu amor por un mortal? ¿Cómo explicar lo que sientes si no eres más que un súcubo?
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