Saturday, December 27, 2008

El médico Ruy Pérez Tamayo es autor del libro "De la magia primitiva a la medicina moderna". Pérez Tamayo me firmó una dedicatoria en dicho libro. No he escrito algo sobre ese texto pero sí de otros de sus trabajos.



La filosofía de Ruy Pérez Tamayo


Una encuesta nacional aplicada a 700 personas en plazas públicas de las seis ciudades más importantes, demostró que hay poca cultura científica en México. He aquí algunos de los porcentajes obtenidos:

Opina que la parapsicología y la astrología son ciencias: 65% y 80%, respectivamente. Se dejarían hipnotizar para conocer sus vidas anteriores: 55%; rechazó la hipnosis por miedo a conocer sus otras vidas: 45%. Estos datos los proporciona José Antonio de la Peña, presidente de la Academia Mexicana de Ciencias y director del Instituto de Matemáticas de la UNAM.

Ante resultados como los anteriores, y ante las políticas que el gobierno mexicano ha seguido en materia de ciencia y tecnología, se hace visible la necesidad no sólo de divulgar el conocimiento científico sino también de explicar qué es la ciencia, en qué consiste, cómo se define y se juzga su calidad.

Ruy Pérez Tamayo considera urgente realizar esta labor, ¿y a qué se debe esta urgencia? “No es que sin ciencia el futuro de los países del Tercer Mundo sea incierto: es que sin ciencia no tenemos futuro.” Así, mediante sus obras de divulgación científica, Pérez Tamayo desea contribuir a disminuir la distancia entre la ciencia y el hombre latinoamericano contemporáneo.

Ruy Pérez Tamayo es médico cirujano egresado de la UNAM, fundó y dirigió durante 15 años la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina de la UNAM, ha sido investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM y del Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán”. Desde 1987 es Director adjunto de la Academia Mexicana de la Lengua. Entre los libros que ha publicado se encuentran En defensa de la Ciencia, Tríptico y El viejo alquimista.

Pérez Tamayo es una de las figuras más importantes dentro de la comunidad científica mexicana, por ello y para celebrar sus 80 años de vida, la Facultad de Medicina de la UNAM y la Coordinación de Humanidades de la misma universidad le rindieron, en octubre del 2004, un justo homenaje.

Durante el homenaje realizado en la Coordinación de Humanidades, la doctora Mari Carmen Serra Puche expresó que Ruy Pérez Tamayo es ejemplo de un científico humanista. Multifacético en realidad: médico, maestro, investigador, escritor, divulgador de la ciencia; nos ha enseñado que es posible combinar la docencia con la investigación, el trabajo profesional con las letras, que es factible trascender las barreras que impone el ámbito académico y llevar el conocimiento científico a la calle para convivir con los demás elementos que conforman nuestra cultura... Quisiera dirigir la atención hacia el hombre que día a día ha demostrado que la ciencia es una forma de vivir la vida. Hace poco tiempo Ruy Pérez Tamayo hablaba de las dificultades de incorporar el espíritu de la ciencia en la cultura nacional, señalaba que los obstáculos son milenarios y están profundamente arraigados en nuestra cultura. Se trata nada menos que del esquema mágico-religioso de la vida y de la naturaleza, que se conserva en infinidad de detalles de nuestro comportamiento cotidiano. No se trata de que el espíritu científico sustituya el mágico-religioso, un fanatismo por otro, sino de sustituir una forma de relación del hombre con la realidad -que es poco eficiente y que puede ser causa de muchos sufrimientos innecesarios- por otra manera de enfrentarse al mundo y a la vida que desde hace mucho tiempo ha demostrado ser un camino más seguro y más rico para alcanzar el conocimiento.

El doctor Marcelino Cereijido apuntó que desde su punto de vista el analfabetismo científico es uno de los grandes problemas de nuestro país, y que para combatirlo hacen falta líderes del calibre de Pérez Tamayo. Explicó que la divulgación científica sólo puede considerarse completa cuando cubre tres puntos: 1. Divulgar el conocimiento. En este aspecto el doctor Pérez Tamayo es un maestro porque se la pasa dando conferencias por todo el mapa, ha fundado revistas, escribe artículos, y lo hace con un nivel, con un discurso que le hace merecer estar sentado en una institución tan grande como la Academia de la lengua. 2. Explicar qué es la ciencia, es decir, qué es el aparato científico, de dónde salió, quiénes lo armaron, qué características tiene. y 3. Cultivar la filosofía de la ciencia. La obra de Ruy Pérez Tamayo, como veremos más adelante, abarca los tres puntos.

El historiador Elías Trabulse no pudo asistir por razones de salud, pero sí participó con un texto titulado “La historia de la ciencia en la obra de Ruy Pérez Tamayo”. Entre otras cosas escribió: Para nuestro sabio autor, la historia de la ciencia más que ninguna otra disciplina, más aún que la filosofía, es la que nos ha enseñado que el método científico, concebido como una doctrina absoluta y canónica, es un artificio... La historia de la ciencia en los últimos 300 años –escribía ya en 1987- es la historia de un gran éxito, ninguna otra aventura del intelecto humano ha logrado transformar las raíces y la estructura de la sociedad de manera tan radical y en un plazo tan breve. Sin embargo, como buen historiador Pérez Tamayo sabe que escribir historia es interpretar, según él, en el oficio de historiar no es posible describir sin interpretar... Su interés por la ciencia lo lleva a estudiar su desarrollo en México a lo largo del tiempo y su situación actual, muchas páginas de diversas obras suyas -sean libros o artículos- están dedicadas a valorar la historia de la ciencia en México desde sus orígenes hasta el presente.

Un ejemplo del interés que por la historia tiene Pérez Tamayo es el libro De la magia primitiva a la medicina moderna, este libro es el número 154 de la colección La ciencia para todos, del Fondo de Cultura Económica.

A continuación me referiré a algunas ideas que Pérez Tamayo expone en dos obras: Acerca de Minerva (el número 40 de la colección La ciencia para Todos) y Cómo acercarse a la ciencia (del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes).

En ambas obras nos da su definición de ciencia: actividad humana creativa cuyo objetivo es la comprensión de la naturaleza, y cuyo producto es el conocimiento.

Pero no se queda ahí, nos menciona algunas de sus características: La ciencia es una empresa esencialmente social. Sus observaciones y teorías deben ser conocidas, discutidas y aceptadas por sus colegas más cercanos, luego por el sector interesado de la sociedad científica de su país, y finalmente por la comunidad científica internacional. Mientras más amplio sea el consenso alcanzado por las ideas de nuestro investigador solitario, mayor será su contribución al conocimiento científico y su influencia en el desarrollo de la ciencia en general (...) El consenso generalizado es un carácter necesario e indispensable de la ciencia, pero no es suficiente.

Las proposiciones científicas son tentativas y aproximadas, aceptadas condicionalmente a pruebas cuyos resultados deciden si se conservan o modifican, y que además no afirman nada categórico sino siempre como un nivel de probabilidad.

¿En dónde radica la fuerza de la ciencia? En que funciona, trabaja, y nos permite hacer predicciones sistemáticas sobre la manera como se comportará X en las condiciones Y y comprobar tales predicciones cada vez que se hace la prueba.

La ciencia está basada en tres elementos que surgieron en tiempos diferentes, y que se refieren a dar la espalda o renunciar a ciertas posturas filosóficas:

1) Renuncia a las explicaciones sobrenaturales de los fenómenos propios de la naturaleza.
2) Renuncia a la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas, como por ejemplo, ¿cuál es el destino del hombre?
3) Renuncia al intento de contestar cualquier pregunta (grande o pequeña) sobre la naturaleza por medio exclusivo de la razón.

Aquí Pérez Tamayo se refiere al papel importante que tienen en la adquisición del conocimiento científico la experiencia, las observaciones, los experimentos y la verificación objetiva.

El autor de Acerca de Minerva asegura que desde los inicios de su carrera se interesó en la filosofía de la ciencia. Comenzaba su carrera cuando asistió a un curso que sobre el método científico dictó el doctor Arturo Rosenbleuth.

Esto nos lleva a preguntarnos ¿qué piensa Ruy Pérez Tamayo acerca del método científico?, ¿existe tal método?, ¿en qué consiste? Esta es una cuestión importante dentro de la filosofía de la ciencia, Ruy se opone a la visión que considera la metodología científica como esa receta que nos obligaron a memorizar en secundaria (observación, hipótesis, experimentación, bla, bla, bla) y que aplicada a cualquier problema supuestamente nos garantiza su solución. ¿Entonces cuál es el método científico? El que acepta la existencia de una realidad externa sujeta a la causalidad determinista, de investigadores plenamente conscientes de la contribución de las personas, y de la serendipia, en la determinación de lo que creemos conocer de ella. ¿Qué es serendipia? Resultados completamente sorpresivos (Ruy tiene un libro titulado precisamente así, esta obra reúne algunas conferencias que ha impartido y en una de ellas explica el origen del término). ¿Qué papel tiene la suerte en la metodología científica? Algunas escuelas de pensamiento desean desterrar del discurso científico cualquier elemento que no sea lógico, sin embargo Ruy Pérez dice que: La razón es necesaria pero no suficiente. Las corazonadas, las ideas surgidas de repente. Los accidentes felices en el laboratorio, las serendipias, las coincidencias inexplicables y otros tipos más de ocurrencias imprevistas, constituyen elementos de enorme importancia en la marcha cotidiana de la ciencia. Esto ha sido reconocido por el filósofo Popper y sus seguidores como el componente principal en la elaboración de las hipótesis; y por el fisiólogo mexicano Rosenblueth como el aspecto “ilógico” de la ciencia.

Reconoce que existen pensadores que niegan la existencia del componente irracional en la investigación científica, y que sus argumentos parecen convincentes, pero agrega: la gran mayoría de los científicos activos deseamos ser lo más racionales posibles, pero tenemos conciencia de que el mundo está hecho de otro modo y que una parte (variable según la ciencia de que se trate) de nuestras actividades todavía pertenece al rubro de lo irracional. Reconoce que la conclusión no le agrada pero le parece que se acerca a la realidad.

Algunos mitos entorno al quehacer científico caen ante la crítica del médico y filósofo. El hombre sólo alcanza la madurez responsable cuando aprende a distinguir entre la fantasía y la realidad.

Veamos dos de esos mitos.

Uno de los mitos más generalizados sobre los científicos es que se trata de sujetos de comportamiento excéntrico desconectado de la vida que les rodea y dirigida a alcanzar metas que los demás no ven, y cuando las ven les parecen superfluas o ridículas.

El siguiente mito considera que la ciencia es similar a la magia (¿explica esto que para el ciudadano común –como lo muestra la encuesta de la que hablamos al principio de esta entrada- la astronomía y la astrología sean igualmente científicas?): Sin embargo, ni la ciencia es magia, ni los científicos somos magos. Lo que hacemos en nuestros cubículos y laboratorios, o en el campo de estudio, no es secreto ni misterioso, sino todo lo contrario. No se invocan poderes ocultos; se aplican los de la naturaleza y no se cuenta con la ayuda del ‘Maligno’ sino con la crítica y el consejo de nuestros colegas; tampoco hay varita mágica o polvos celestiales sino mucho trabajo y, a veces, algo de suerte.

Ruy también examina cuestiones como las categorías estéticas en la ciencia. Los trabajos científicos pueden calificarse como buenos o malos dependiendo de su concordancia con la realidad (con los fenómenos naturales). Sin embargo, cualquiera que haya escuchado a dos o más científicos discutir acerca de sus contribuciones o las de otros colegas, habrá oído el uso de otros adjetivos que, a primera vista, no parecerían tener nada que ver con la ciencia: por ejemplo, un trabajo puede ser ‘bello’, ‘sobrio’, ‘barroco’, ‘fino’, ‘horrendo’, ‘grandioso’; ‘armónico’, ‘elegante’, etcétera. Tales calificativos harían pensar que se está enjuiciando no un trabajo científico sino una obra de arte, en vista de que se trata de apreciaciones esencialmente estéticas. ¿Qué tienen que ver estos juicios estéticos en la apreciación o evaluación del trabajo de los científicos? ¿No que la categoría más importante dentro de la ciencia es la verdad y dentro del arte es la belleza?

Los funcionarios públicos, economistas, administradores y todos aquellos que participan en la forma en que se asignan presupuestos a la actividad científica harían bien en estudiar las diferencias entre ciencias básicas y ciencias aplicadas, esta división refleja una confusión de términos, así como el desconocimiento de lo que la ciencia realmente es, la forma como trabaja y las funciones que puede y debe desempeñar en nuestro país.

Esta ha sido una muy breve exposición de lo que Ruy Pérez Tamayo ha reflexionado acerca del quehacer científico. Y realmente ha sido un vistazo rápido a su pensamiento, en sus libros podemos encontrar reflexiones acerca de la verdad científica, los experimentos, el error en la ciencia, las acusaciones de “fracaso” que se le suelen hacer, el reduccionismo científico, la relación entre ciencia y tecnología, los enemigos de la ciencia, la relación entre ciencia, economía y sociedad...

Para finalizar mencionemos lo que la visión científica nos recomienda hacer frente a nuestro desconocimiento, es evidente que ignoramos la respuesta a una gran cantidad de fenómenos. ¿Qué hacer ante esa ignorancia?


Para el pensador del que hemos escrito, existen dos opciones: la más antigua, la tradicional y la más popular ha sido y sigue siendo inventa lo que no sabes, adivina lo que ignoras, rellena tu ignorancia con fantasía. La respuesta minoritaria ha sido y sigue siendo: detente ante lo desconocido, confiesa tu ignorancia, vive en la realidad de la incertidumbre. Pérez Tamayo nos dice que sus simpatías se inclinan más al lado minoritario.

Difícilmente contaremos siempre con los datos necesarios para analizar y llegar a comprender todos los fenómenos que nos interesan, sin embargo, no por ello nos comprometeremos con “explicaciones” que recurran a la magia o a lo sobrenatural. En palabras de Ruy Pérez Tamayo:

La filosofía de la ciencia enseña que las decisiones racionales siempre deberán hacerse sin información completa, que nuestro destino en la Tierra es adivinar la conformación más probable del sector de la naturaleza cuya estructura nos interesa y trabajar incansablemente en averiguar hasta dónde nuestra imaginación realmente corresponde a la realidad. El resultado de este doloroso proceso es lo que llamamos conocimiento. Y nada más.

Friday, December 26, 2008

Ayer por la noche en canal 11 pasaron la película C.R.A.Z.Y. La cinta cuenta la forma en que Zac (Marc-André Grondin) desde niño tiene que enfrentar la homofobia, sobre todo la de su padre. ¿Cómo enfrenta las expectativas de su familia?, ¿cómo logra aceptarse a sí mismo?, ¿cómo logra vencer su propia homofobia?


Trailer en frances






Trailer en español






Algunas escenas







Enlace interesante:

Un padre ideal/Un amante ideal. Comentarios sobre C.RA.Z.Y.

Thursday, December 18, 2008

Otro libro firmado por su autor: "El ocaso de los espíritus" Éste fue presentado por su autor, José Mariano Leyva, en El hijo del Cuervo. El libro demuestra que este tipo de temas pueden abordarse de forma inteligente. El ocaso de los espíritus es un trabajo que está a años luz de lo que son capaces de escribir los señores que dicen dedicarse a cazar fantasmas...

¿Es el espiritismo un humanismo?




El historiador José Mariano Leyva considera que el espiritismo ha sido torpemente metido en la oscuridad, una oscuridad que “no involucra documentos perdidos o falta de información. Basta traspasar la barrera del prejuicio para entender de una manera cabal esa propuesta ideológica que sostenía un grupo de personas a finales del siglo XIX y principios del XX.”

Su obra El ocaso de los espíritus. El espiritismo en México en el siglo XIX (publicada por ediciones cal y arena) comenzó a gestarse hace casi diez años, cuando se encontraba realizando un catálogo de la revista “La Ilustración Espírita”; conforme avanzaba en esa tarea, su proyecto fue creciendo y Leyva fue profundizando en la historia del espiritismo.

Su trabajo va más allá de la simple presentación de los hechos. El autor analiza el contexto histórico en el que el espiritismo comienza a practicarse en México; las discusiones de los espiritistas con los positivistas, los católicos y los protestantes; de igual forma, analiza la filosofía de este peculiar movimiento. Leyva escribe:

Este libro trata de varias cosas. Trata de espíritus y de la gente que se comunica con ellos (los médiums). Trata de mesas que saltan y contestan preguntas específicas. Trata de manos poseídas que escriben en hojas de papel. Trata de velas blancas con llamas ondulantes. Trata de aquellos grupos de personas que se juntaban al anochecer para comunicarse con el más allá.

Pero este libro aborda también el México del siglo XIX. Aborda el complejo universo encerrado en su prensa. Aborda a los hombres que se encontraban detrás de los artículos, de los editores, de los excéntricos. Aborda el porfiriato y los científicos. Aborda el México en vías de secularización. Aborda la pérdida de la razón, la locura y los duelos a mano armada. Aborda a una franja de intelectuales que eran compañeros, o al menos se conocían bien.

Este libro plantea ideas y ética, utopías y finales sin esperanza. Este libro plantea, en fin, el espiritismo en México a finales del siglo XIX.

El ocaso de los espíritus está dividido en cuatro partes.

En la primera escribe acerca de la obra de la piedra angular del espiritismo de los siglos XIX y XX: “Allan Kardec es la persona que esquematizó y transformó el espiritismo de un elemento volátil y disperso, en algo centrado y metodológico.” Ciencia y moral son componentes importantes e inseparables en la obra de Kardec. El espiritista estaba convencido de estar haciendo ciencia, no sólo eso, los avances científicos y tecnológicos eran adaptados a la visión de los espiritistas, ejemplo de ello es la evolución por selección natural: “el darwinismo explicaba la evolución del hombre desde su inicio en la tierra o en el mundo terrenal, y la teoría sintonizaba muy bien con la idea de progreso continuo que manejaban los espiritistas: una búsqueda constante de superación humana que ya había rebasado las presentaciones materiales y ahora se refería al espíritu (...) El fin, en palabras de Allan Kardec, era lograr que la tierra estuviera habitada por espíritus puros, la más alta jerarquía dentro de la clasificación predeterminada”. Como se ve, la moral está presente en el “darwinismo espiritista”, la evolución espiritual sólo puede lograrse con un correcto comportamiento. Leyva explica: “El espiritista que siga los preceptos de Kardec deberá combinar la ciencia con un comportamiento en sociedad no sólo aceptable, en los términos más elementales, sino estrechamente apegados a la bondad y la caridad. La exigencia espírita era especialmente rígida, el dilema no residía en las apariencias. Los pecados diarios no se subsanaban con un arrepentimiento semanal, con el pago material del diezmo. Para los espiritistas, esto último pertenecía a la iglesia corrupta, invadida de intereses personales que colocaba a los curas como administradores de la expiación de culpas.” Esto nos lleva al siguiente elemento importante en la obra de Kardec: la crítica que hace a las religiones formales, para el espiritista los religiosos no son más que “charlatanes o demagogos, personas que persiguen el enriquecimiento personal antes que el bien de la humanidad, predicadores de un mundo espiritual que ellos son los primeros en olvidar.” En resumen, la obra de Kardec tiene tres componentes importantes: ciencia, moral y crítica a las religiones establecidas.

En la segunda parte narra la historia de la revista “La Ilustración Espírita” (que comenzó a circular en febrero de 1872) y la historia de su editor, el hombre que introdujo el espiritismo a México, Refugio Indalecio González. Refugio fue un general liberal (participó en las guerras de Reforma y en el juicio contra Maximiliano). ¿Cómo explicar su conversión al espiritismo? Para Leyva dicha conversión no resulta tan extraña: “El espiritismo no estaba peleado con las ideas liberales ni con el progreso. El espiritismo resultaba ser sólo una variante de las ideas positivas y progresistas a las que Refugio I. González siempre fue adepto, el general fue consecuente hasta el final de sus días (...) El espiritismo y el liberalismo tenían como gran enemigo a la ortodoxia religiosa del catolicismo conservador y su sistema institucional. Ambos consideraban al progreso como la meta del hombre y creían en la libertad humana. Sin embargo, en los matices se encontraban las diferencias. El espiritismo se separaba de los católicos de una manera distinta al liberalismo, y su idea de progreso y libertad incluía una peculiar visión metafísica.” El éxito de La Ilustración Espírita fue tal que dio lugar a la formación de la “Sociedad Espírita Central de la República Mexicana” (agosto de 1872).

En la tercera parte nos cuenta las polémicas que los espiritistas mantuvieron con positivistas, católicos y protestantes. Especialmente interesantes son los debates sostenidos en el Liceo Hidalgo, “discusiones que varios cronistas de la época reconocen como la primera filosófica y pública en México”. El Liceo fue fundado en 1850, sus primeros presidentes fueron Francisco Severo Maldonado y Francisco Zarco. “El Liceo se encargaba de impulsar la cultura a través de la conjunción de personajes notables del mundo académico, histórico y literario. Se analizaban y discutían temas con cierto peso dentro del mundo cultural. Las conclusiones de esas polémicas se publicaban en su órgano publicitario, La Ilustración Mexicana (1851-1855), donde se notificaba la entrada de nuevos miembros o bien se editaban los discursos completos sobre alguna cuestión de interés para el grupo.” Espiritistas y espiritualistas debatieron con los materialistas y positivistas. No participaron los religiosos que veían con malos ojos a los espiritistas, y no lo hicieron porque lo que se debatió fue si el espiritismo contaba o no con sustento científico. En estas discusiones estuvieron presentes personajes como José Martí, Gabino Barreda, Ignacio Ramírez, y Santiago y Justo Sierra. Mariano Leyva nos cuenta también el enfoque que dio la prensa a estos debates.

La filosofía y la ética del movimiento espiritista se exponen en la cuarta parte. “Establecer un orden ético para no caer en la barbarie humana, entender que la técnica no era nada sin el grado de humanismo suficiente, comprender que los avances son peligrosos si no existe la tolerancia humana necesaria, preocuparse por los suicidios recurrentes y dar consejos para evitarlos. Mantener la confianza en la bondad del hombre. Ésa era la verdadera ciencia de los espiritistas: crear una ciudad espiritual en la nueva tierra del nihilismo y la intolerancia.” También en este capítulo José Mariano dedica algunas líneas al espiritismo practicado por Francisco I. Madero.



Mariano Leyva no ve al espiritismo como un fenómeno irracional, para él los espiritistas no eran charlatanes o chiflados, tampoco considera simples crédulos a los seguidores de esta religión; para el historiador, el espiritismo que proponían Allan Kardec y Refugio I. González lejos está del embuste. Sin embargo, fue el espiritismo practicado por charlatanes el que conoció el gran público.

Hacia 1893, año en que salió el último número de la Ilustración Espírita, el espiritismo dejó de ser lo que era. “La ética espírita era mal conocida. Fue una compleja doctrina que tarde o temprano quedaría relegada al exotismo. Su posición multidisciplinaria era algo difícil de llevar, pero el terreno al que finalmente fue relegada en el siglo XX no tenía nada que ver con los propósitos originales del espiritismo en el siglo XIX. El empeño por mantener en su seno varias corrientes opuestas, científicas y religiosas, no era sinónimo de adivinación del futuro, creencia en extraterrestres o fe desmedida y sin análisis de poderes, de energías y fluidos corporales. La seriedad con la que incursionaron se diluyó en teorías mágicas que se apropiaron los idealistas sin criterio, sin información y entusiastas del amor propio en el siglo siguiente (...) El espiritismo comenzó a sonar cada vez más idealista e inocente, se descontextualizó y no halló un lugar fijo. Lo que sobrevivió de él poco tenía que ver con el concepto original: conforme el presente siglo avanzaba, los espiritistas fueron vistos como gente exótica, adivinos o simpatizantes de las teorías que confirmaban la existencia de los extraterrestres. Las comunicaciones espíritas se hacían para el único beneficio personal y la parte filosófica quedó sepultada.”

No sé cuál sea la respuesta a la pregunta que da título a mi reseña, Mariano Leyva expone en su libro lo que considera es rescatable de este movimiento, desarrolla lo que cree que se encontraba detrás del intento por comunicarse con el más allá, explica cuáles eran las profundas preocupaciones de aquellos que recurrían a las “mesas parlantes”: “los desvelos que los espiritistas tenían, resultaban de dilemas que aún hoy podemos palpar: un materialismo galopante, el furor desmedido por la tecnología imaginada incluso como un arcano salvador, la lenta pero inexorable disminución del humanismo.”

Saturday, December 13, 2008

Save me!!!


Tuesday, December 09, 2008

Otro libro firmado por su autor: La ciencia por gusto




Se trata de uno de los libros de divulgación científica que más he disfrutado. Primero presento mi reseña:


El científico hedonista


El químico farmacobiólogo Martín Bonfil comenzó su labor como divulgador de la ciencia en 1993. Ha colaborado en los periódicos Milenio y La Crónica de Hoy, el diario universitario Humanidades, el boletín El Muégano Divulgador y la revista ¿Cómo ves?

Son contadas las ocasiones en las que los comunicadores de la ciencia se ocupan de la seudociencia, y Martín lo hace en su más reciente libro: La ciencia por gusto.

Ovnis, pasajes esotéricos, creacionismo, astrología y medicinas alternativas son algunas de las cuestiones tratadas en esta obra. El objetivo del autor es que el ciudadano común pueda “distinguir la auténtica ciencia de las imitaciones baratas que sólo buscan enriquecer a unos cuantos o que pretenden sustituir el pensamiento científico, crítico y racional, con creencias deshilvanadas que sólo sirven para tranquilizar almas afligidas (lo cual, desde luego, es un fin válido, pero no científico). Esas imitaciones no hacen nada por proporcionarnos herramientas para mejorar nuestra existencia y volvernos dueños de nuestras propias decisiones.”

Y para lograr su objetivo Martín nos explica lo que es la ciencia: cómo funciona, qué hace, para qué sirve y, sobre todo, qué visión nos ofrece del mundo. Además nos habla acerca del placer intelectual que puede proporcionarnos: “Una persona que no conozca y comprenda, al menos hasta cierto punto, algunos de los conceptos científicos básicos, se estará perdiendo de una de las facetas más interesantes y potencialmente más placenteras de la cultura actual. Exactamente igual que alguien que no lea literatura, no vaya al cine o no escuche música; no se trata de poner a ninguno de los productos del intelecto y la sensibilidad humana por encima de otros... en mi opinión, el verdadero valor de la ciencia, lo que la hace maravillosa, digna de nuestro interés y nuestros empeños, lo que la hace valiosa y humana, es su belleza. O tal vez debería decir, el placer que nos causa. En otras palabras, su valor fundamental es estético, no pragmático”.

Sin duda Martín es un científico hedonista y como tal se muestra desde el título de su obra.

Pero ¿vale la pena combatir las supersticiones? ¿Tiene algún sentido refutar la seudociencia? ¿Qué caso tiene contradecir a quienes creen en cartas astrales, péndulos, cristales, enseñanzas del chamán don Juan, buenas y malas “vibras”, hadas, ángeles y demás frutos de la imaginación humana? ¿Por qué no dejar que cada quien crea en lo que quiera y todos felices? Martín responde: “hay quienes pensamos que guardar silencio frente a semejantes manifestaciones de la ignorancia y la credulidad, cuando no del pensamiento confuso o de plano la mala fe, conlleva una aceptación tácita de que se vale engañar y poner en ridículo a nuestros semejantes, y –si se dejan- aprovechar para despojarlos de su dinero usando estas creencias como pretexto.”

Bonfil examina afirmaciones seudocientíficas que hemos importado, como la cara de Marte; pero también analiza seudociencia hecha en México, como la “virgen del metro” o la afirmación de que “Carl Sagan sabía que los extraterrestres visitan la Tierra pero no lo reveló por presiones de su gobierno”. Curioso resulta enterarnos –al menos yo no lo sabía- que el satélite mexicano Satmex 5, lanzado al espacio en 1998, llevaba una imagen de la Virgen de Guadalupe, ¿para qué? Para que, desde el espacio, vigilara nuestro país. “Como se ve, el colmo de la tecnología moderna junto al colmo del pensamiento místico: creer que incluir una figurita pintada podrá tener algún efecto en el destino de un país (o de un satélite)”.

Pero desenmascarar farsantes no es tarea sencilla: “El problema cuando se intenta demostrar lo absurdo y falso de afirmaciones como las de quienes creen en los ovnis –o en la telepatía, los fantasmas, la reencarnación, la astrología, los poderes de los cristales, las curaciones “cuánticas” o las que se realizan mediante péndulos- es que con ellos no es posible discutir. Sus argumentos no sólo utilizan un lenguaje y unas premisas diferentes de los de la ciencia –muchas veces tergiversando el significado de términos científicos-, sino que incluso su manejo de la lógica elemental tiende a ser muy deficiente”.

Mediante filosofía de la ciencia intenta Bonfil ayudarnos a distinguir entre ciencia y seudociencia. ¿Tiene o busca la ciencia “la verdad”?, ¿qué tan objetiva es?, ¿puede equivocarse?, ¿existe el método científico?, ¿qué tan científicas son las ciencias sociales?, ¿por qué ciertos sectores de la sociedad ven con tanta desconfianza o temor a la ciencia?, ¿es la ciencia la causa de nuestros males? ¿demasiada ciencia deshumaniza?, ¿quiénes son los enemigos de la ciencia?

Las respuestas que ofrece enriquecen el libro ya que además de explicar el escepticismo o pensamiento crítico, Bonfil reflexiona sobre algunas ideas de Karl Popper, Thomas Kuhn y Ruy Pérez Tamayo. De igual forma, propone ver desde otra perspectiva la “trampa” de Sokal.

El falso artículo de Sokal –dice Bonfil- fue aceptado con ciertas reservas, los editores de Social Text relajaron sus normas de aceptación en su caso particular, por tratarse de un artículo proveniente de otro campo que mencionaba una gran cantidad de conceptos científicos complejos. El texto y las posteriores declaraciones de Sokal causaron que se formaran dos bandos: los que apoyan a Sokal y quienes no están de acuerdo con sus tesis, estos bandos parecen poco dispuestos al diálogo. “Lo más lamentable es el daño, real y muy grave, que dicha polarización está causando a la ciencia, a los estudios sobre la ciencia (se ha incluso cuestionado la conveniencia de seguir apoyándolos) y, especialmente, a la imagen pública de la ciencia... Lo cierto es que los enemigos de la ciencia; los verdaderos enemigos de la ciencia, es decir, seudocientíficos, charlatanes y falsos místicos, más interesados en el dinero que en la salvación de almas, han aprovechado los ataques extremos a la ciencia para reforzar sus afirmaciones de que todo –de la cacería de ovnis al uso de imanes para curar el cáncer- es tan válido como la ciencia.” De ahí que no debamos equivocarnos de enemigos “y atacar a los estudiosos sociales de la ciencia, quienes sólo quieren entenderla y, si es posible, mejorarla, aun al precio de cuestionar sus aspectos dudosos (que los tiene)”.

A lo largo de su libro Martín Bonfil nos empuja a reflexionar acerca de todos estos temas, aunque el mismo autor reconoce que en su trabajo existen “torpezas, contradicciones, carencias... hay contradicciones porque todavía no encuentro respuestas a muchas de las cuestiones que se plantean”.“La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica” es el número 22 de la colección Croma de Editorial Paidós.


El libro de Bonfil fue presentado en el museo de las ciencias de la UNAM: UNIVERSUM, ahí fue donde me firmó la dedicatoria:




Aquí escribí sobre la ocasión en que Bonfil y yo fuimos a un programa de radio a hablar sobre pseudociencias.

Por cierto, aquí pueden leer su columna semanal La ciencia por gusto.