Monday, February 04, 2008

Los vecinos de Lot es un grupo de rock integrado por un ángel transexual, un estigmatizado que sangra mientras canta y el mismísimo Jesucristo.
Comenzamos a publicar lo que trata de ser la historia oficial del grupo.

Los vecinos de Lot


¿Que cómo surgió la banda?
Nel, Ángelito no fue mi ángel de la guarda.
No tuve ángel de la guarda. No sé, tal vez por feo. Tal vez porque no los soportaba. O tal vez porque ellos no me soportaban a mí... Ve tú a saber. Y ya no insitas con esa mamada, total, no tuve y se acabó.
¿Cómo lo conocí?
Bueno... al Creador se le ocurrió la puntada de mandarme estigmas.
Dolor e incomodidad, ya te imaginarás.
Escapé porque no estuve de acuerdo en convertirme en su corre-ve-y-dile. Que si me daría instrucciones, que tenía que avisar de no sé qué madres... Que le tenía que ayudar a que la humanidad recapacitara.
Y nel. Yo no estaba para esos cuentos. Iba yo a parecer un pinche loco, ¿no?
Tuve que inventarme un destino.
Me interné en la carretera (no preguntes cuál, ¿para qué quieres más detalles?) y comencé a pedir aventón.
Caminé y nada.
Pero me pongo en el lugar de aquellos que me veían. Un güey con una costra enorme en forma de cruz en la frente y con las manos sangrando. ¿Quién no se asustaría?
Horas más tarde me encontré al ángel transexual que también había escapado.
Estaba sentado en una roca, pues según me dijo llevaba varios días caminando.
Al parecer Dios no dio saltos de alegría cuando se enteró que aquel angelito estaba convencido de que no era sino una hembra en cuerpo masculino. Mucho menos le gustó enterarse que el angelito está dispuesto a operarse.
Platicamos hasta altas horas de la noche.
Me dio tristeza cuando lo vi llorar.
El pobre (o la pobre) culpaba a Dios de sus problemas. “¿Por qué me puso en el cuerpo equivocado? Pa´fregar. No más para fregar.”
Le dije que yo estaba en las mismas y le sugerí que nos vengáramos.
“¿Cómo?”, preguntó ya más tranquilo.
Saque una botella de mezcal porque el mezcal siempre me inspira. De veras, cuando tengo las ideas atoradas, un poco de mezcal como que las afloja.
Bebimos una, dos, tres, cuatro botellas del inspirador líquido.
Todavía no teníamos ni idea de cómo nos vengaríamos del viejito loco.
Comenzamos a decir un buen de pendejadas. Que si le podíamos sabotear sus proyectos, que si lanzábamos huevos podridos en la puerta de su casa...
Pura pendejada.
Comencé a pensar que ya no me hacía efecto el mezcalito. ¡Qué bueno que me equivoqué! No sé cómo dudé. El mezcalito nunca me había fallado.
Abracé a angelito para consolarlo y que él me consolara a mí.
Nos besuqueamos un rato.
Me la comenzó a jalar.
Se la comencé a jalar. Angelito se quería deshacer de aquello pero le funcionaba bien. Es más, me pareció que estaba a punto de cometer un error, tenía un pito bonito y se lo dije.
“¿Estás de lado del viejito loco?”, me preguntó molesto y me disculpe por la estupidez que acababa de decir. No... sí tenía un pito bonito pero eso era lo de menos, tenía que apoyarlo. Era hembra y ya.
Decía que angelito me la estaba jalando, ¿no?
Bueno, pues sucedió cuando me vine. Una iluminación. Una visión maravillosa.
Ángel y yo cantando.
Ángel y yo componiendo rolas chidas.
Ángel y yo sacándole canas verdes al viejito loco con las letras de nuestras canciones.
Ángel y yo de gira.
Ángel adivinó que ya tenía la respuesta.
Mis expresiones me delataban.
Ángel supo que aquella cara no se debía sólo al orgasmo.
Y antes de que yo pudiera decirle algo me dijo que nos llamaríamos Los vecinos de Lot.
Me reí de gusto.
No es que ángel fuera telépata. Era algo más. Estábamos en la misma onda, en el mismo canal.
Así fue como nacieron Los vecinos de Lot.
¿Que cuándo se unió Jesucristo?
Verás... ¿Qué? Sí, Dios se encabronó cuando su primogénito se nos unió...
Nuestro primer éxito fue el rock del angelito chaquetero.
¿Te la sabes? ¡Órale! Veo que sí eres fan de hueso colorado.
Creo que la cantaban en todos los sistemas solares habitados.
Y el viejito loco estaba enputadísimo.
Sí, los más rucos nos querían linchar. Pero no pudieron evitar nuestro éxito.
Si bien lograron que no tocáramos en lugares pipirisnais, sí tocamos en lugares clandestinos y de mala muerte... Pero, ¿sabes? Como que eso me gustó más.
Fue precisamente en uno de esos lugares donde nos escuchó Cristo.
¿Que qué hacía ahí? No mames, a poco de veras quieres que te responda, si es la pregunta más fácil del mundo... Nel, usa tu cerebro. Todos lo saben.
Iba medio disfrazado, pero de cualquier forma angelito y yo lo reconocimos luego luego. Al Cristo le brillaban los ojos con nuestra rola. Hasta pensé que se había enamorado de nosotros nomás de vernos y escucharnos.
Sí. Los estigmas siempre me sangran mientras canto, y como que eso prende más a la gente. ¿Sabes? A veces pienso que esto de los estigmas estuvo bien, gracias a eso surgieron Los vecinos de Lot.
Mejor te pongo la rola, y luego te sigo contando...

Había una vez un angelito chaquetero.
Su deber era cuidar a un escuincle de 10 años que ya a su corta edad era un gandallín.
Pero el angelito nunca cumplía con su misión porque cuando no se la estaba jalando o acariciando, estaba pensando en hacerlo.
Su pirrín estaba colorado de tantas chaquetas pero ni así se estaba en paz. Sufría mucho porque su mayor anhelo era que alguien le chupara su pitito y nadie le hacía el favor.
Un día, después de pensarlo mucho, se atrevió a pedírselo al niño gandallín y lo único que obtuvo fue un madrazo que le dejó el ojo morado por varios días. ¡Pobrecito del angelito chaquetero!
Ya resignado intentaba chuparse su verguita él mismo, pero por más esfuerzo que hacía no se la alcanzaba.
El niño iba a la escuela sin su ángel de la guarda, lo dejaba frotándose su tripita.
Cuando gandallín regresaba el angelito continuaba en lo mismo, y todo el día el niño gandallín entraba y salía de su cuarto y de su casa y su angelito seguía sin descanso.
Tal vez por eso el niño era tan gandalla. El angelito no lo cuidaba, ni lo regañaba, ni lo aconsejaba como se le había encomendado.
“Ya déjate ahí, con tanta chaqueta vas a quedar pendejo” le decía el niño gandallín y parecía que le hubieran dicho que se la jalara más fuerte. ¡Pobrecito del angelito chaquetero!
Era su vicio y nada podía hacer.
Día y noche no hacía más que chaquetear y chaquetear.
Un día Dios lo mandó llamar. No sin preocupación el pequeño ángel acudió al reino celestial.
El Altísimo le dijo que si continuaba así y que si no cuidaba al niño gandallín, lo mandaría a la chingada -al angelito chaquetero, no al niño gandallín por supuesto-.
Pero tan grande era su vicio que mientras Dios lo reprendía, continuaba chaqueteando, y se aguantaba la pena por tener su pito tan chiquito pues pensaba que Dios por ser Dios tendría un pitotote, pero sus ganas eran más fuertes que cualquier pudor.
¡Pobrecito del angelito chaquetero!
Realmente lo intentó, se esforzó por interesarse en los asuntos del niño gandallín.
Lo comenzó a acompañar a la escuela pero fue terrible, gandallín lo buscaba cuando se le perdía de vista y el angelito estaba debajo del escritorio de la maestra haciendo lo único que sabía hacer.
Y los demás niños y ángeles de la guarda se reían hasta las lágrimas.
Ni cien mil patadas consiguieron hacerlo reflexionar. No había poder que hiciera que el angelito de la guarda dejara de ser un angelito chaquetero.
Finalmente el niño gandallín se acostumbró, así, mientras él jugaba fútbol o canicas o carritos, el angelito a pocos metros se frotaba su cosita.
¡Pobrecito del angelito chaquetero!
Ya Dios se lo había advertido, o dejaba de ser un angelito chaquetero o lo mandaría a la fregada.
Pero era más fácil que el niño gandallín dejara de ser un niño gandallín que el angelito chaquetero dejara de ser un angelito chaquetero.
Diosito cumplió su amenaza de castigarlo porque Diosito siempre cumple sus amenazas de castigo.
Las súplicas del angelito no se hicieron esperar. Pero nada pudo conmover al Creador.
Lo mandó a la Luna y desde entonces está ahí, sentado en completa soledad haciéndose una eterna chaqueta.
¡Pobrecito del angelito chaquetero!
Se la restriega sin descanso mirando tristemente al lugar de donde fue expulsado.
El niño gandallín tiene un nuevo protector y de chaquetín ya ni se acuerda. Chaquetín a veces piensa en gandallín y hasta lo extraña.
En ocasiones llora de pensar que estando en la Luna nadie le chupará su pitito. Los astronautas que a veces van ya no lo pelan ni se la pelan.
Me imagino la tristeza que ha de sentir de estar solo allá en la Luna, mirando nostálgicamente a la Tierra mientras se frota su verguita.
¡Pobrecito del angelito chaquetero!

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