Monday, November 05, 2007

¿VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE?


Biblioteca Pública es un programa de radio que se transmite los domingos al medio día por Radio Red, lo conducen Mario Méndez Acosta, Verónica Medina y Sergio Berilóz. Hablan de literatura, pintura, ciencia, filosofía, historia, etc. En ocasiones lo escucho, sobre todo porque me gusta el trabajo de Mario Méndez, quien es presidente de la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica y representante en México de la revista Pensar; además publica la columna “La ciencia y sus rivales” en la revista Ciencia y Desarrollo del CONACYT.
El día de ayer en Biblioteca Pública hablaron sobre fantasmas. Punto malo: no estuvo presente Mario Méndez; punto bueno: los conductores son personas críticas, algo que, cuando se habla de estos asuntos, no es fácil de encontrar. El tema es interesante pero suele abordarse en radio y TV de forma vulgar y sensacionalista. Así, lo que se encuentra fácilmente es ignorancia, superstición y credulidad; abundan los Trejo y los Juan Ramón Sáenz.

Pero en esta entrada no voy a escribir sobre fantasmas sino de Carl Sagan. Cuando se discute sobre fantasmas de inmediato pensamos en la vida después de la muerte. Sagan se enfrentó a la muerte sin la convicción de vida en “el más allá”.



A finales de 1994, Sagan decide acudir al médico y hacerse un análisis de sangre debido a que tenía en un brazo un moretón que no había desaparecido en varias semanas. Con los resultados en mano, el médico, pensando que pudiera haber algún error, le sugiere un nuevo análisis. Los nuevos resultados confirman que el científico padecía mielodisplasia. Sagan miró la Muerte cara a cara: “Me asombró saber que, si no hacía nada, mi probabilidad de supervivencia era cero. Moriría en seis meses. Yo era activo y productivo. La idea de hallarme en el umbral de la muerte se me antojó una broma grotesca.”

Todo lo que sucedió a continuación (su búsqueda de un donante de médula ósea –fue su hermana Cari la donante- y sus salidas y regresos al hospital) es narrado por Sagan en el texto En el valle de las sombras, mismo que aparece en el libro Miles de millones.

Como escribí más arriba, Sagan se enfrentó a la muerte sin la certeza de otra vida:

“Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mi continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo y de las antiguas tradiciones culturales de todo el mundo que afirman la existencia de otra vida, nada me indica que tal aseveración pueda ser algo más que un anhelo.”

Como científico, Sagan necesitaba evidencia seria (científica) para aceptar la existencia de vida después de la muerte. “Si se anunciara alguna prueba consistente de que hay vida después de la muerte, yo la examinaría ansioso; pero tendría que tratarse de datos científicos reales, no meramente anecdóticos (...) es mejor la verdad por dura que sea que una fantasía consoladora.”, expresó en El mundo y sus demonios.

Sagan se mostraba sensible acerca de la muerte, en El mundo y sus demonios explicaba:

“Mis padres murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía les echo terriblemente de menos. Sé que siempre será así. Anhelo creer que su esencia, sus personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe –real y verdaderamente- en alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez minutos al año, por ejemplo, para hablarles de sus nietos, para ponerlos al tanto de las últimas novedades, para recordarles que los quiero. Hay una parte de mí –por muy infantil que suene- que se pregunta dónde estarán. ‘¿Os va todo bien?’, me gustaría preguntarles. La última palabra que se me ocurrió decirle a mi padre al momento de su muerte fue: ‘Cuídate.’ A veces sueño que hablo con mis padres y, de pronto, inmerso todavía en el funcionamiento del sueño, se apodera de mí la abrumadora constatación de que en realidad no murieron, que todo ha sido una especie de error horrible (...) Cuando me despierto emprendo un breve proceso de lamentación. Sencillamente, algo dentro de mí se afana por creer en la vida después de la muerte. Y no tiene el más mínimo interés en saber si hay alguna prueba contundente de que existe. Así pues, no me río de la mujer que visita la tumba de su marido y habla con él de vez en cuando, quizá en el aniversario de su muerte. No es difícil de entender. Y, si tengo dificultades con el estado ontológico de la persona con que habla, no importa. No se trata de eso. Se trata de que los humanos se comportan como humanos.”

Sus sentimientos ante la muerte de sus padres y sus deseos de volver a verlos fueron expresados en su novela Contacto. Ellie Arroway puede encontrarse con su padre muerto gracias a la Maquina construida mediante el mensaje enviado por los extraterrestres.

Pero ¿hacia dónde apuntan los conocimientos científicos en el caso de la vida después de la muerte?, ¿qué podemos sospechar al revisar los datos de las neurociencias? ¿Y si no hay evidencia científica que demuestre la existencia de la vida después de la muerte? Claro, podemos elegir creer; pero Sagan prefería otra cosa:

“El mundo es tan exquisito, posee tanto valor y tal hondura moral, que no hay motivo para engañarnos con bellas historias respaldadas por escasas evidencias. Me parece mucho mejor mirar cara a cara la muerte en nuestra vulnerabilidad y agradecer cada día las oportunidades breves y magníficas que brinda la vida.”

Miles de personas rezaron por la recuperación de Sagan, sobre ellas escribió al final de En el valle de las sombras:

“Aunque no creo que Dios, de existir, alterase debido a la oración los planes, me siento agradecido más allá de toda ponderación a aquellos –incluyendo tantos a quienes nunca conocí- que oraron por mi restablecimiento.

“Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentarse a la muerte sin la certeza de otra vida. Sólo puedo decir que eso no ha constituido un problema. Con alguna reserva acerca de las ‘almas débiles’, comparto la opinión de mi héroe, Albert Einstein:

No logro concebir un dios que premie y castigue a sus criaturas o que posea una voluntad del tipo que experimentamos nosotros mismos. Tampoco puedo ni querría concebir que un individuo sobreviviese a su muerte física; que las almas débiles, por temor o absurdo egotismo, alienten tales pensamientos. Yo me siento satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con un atisbo de la estructura maravillosa del mundo existente, junto con el resuelto afán de comprender una parte, por pequeña que sea, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

Sagan consideraba que mucho había podido aprender al haber estado tan cerca de la muerte:

“He aprendido mucho de nuestras confrontaciones, sobre todo acerca de la belleza y la dulce acrimonia de la vida, del valor de los amigos y la familia y del poder transformador del amor. De hecho, estar casi a punto de morir es una experiencia tan positiva y fortalecedora del carácter que yo la recomendaría a cualquiera, si no fuese por el obvio elemento, esencial e irreductible, de riesgo.”


En octubre de 1996 Sagan tenía esperanzas de recuperación, sin embargo falleció al mes siguiente.

Ann Druyan escribió un texto en el que narra la forma en que ella enfrentó la enfermedad y muerte de su esposo, también sin la creencia en la vida después de la muerte. Se trata de un relato conmovedor. Druyan cuenta la forma en que ella y Sagan se conocieron, la forma en que se enamoraron, y cómo la familia sufrió por la enfermedad del astrónomo y divulgador de la ciencia.


Los médicos empezaron a prepararme para lo peor. A partir de entonces, cuando iba por los pasillos del hospital encontraba en los rostros familiares del personal expresiones harto diferentes. Me esquivaban y rehuían mi mirada. Era preciso que viniesen los chicos. Cuando Carl vio a Sasha, pareció operarse en su condición un cambio milagroso. “Bella, bella Sasha –exclamó. No sólo eres bella, sino también maravillosa.” Le dijo que si conseguía sobrevivir sería en parte por la fuerza que le brindaba su presencia. Durante unas cuantas horas los monitores del hospital registraron lo que parecía un cambio completo. Mis esperanzas aumentaron, pero en el fondo no podía dejar de advertir que los médicos no compartían mi entusiasmo. Vieron aquella momentánea recuperación como lo que era, “veranillo de otoño”, la breve pausa del organismo antes de su pugna final.

-Esto es un velatorio –me dijo serenamente Carl-. Voy a morir.

-No –protesté-. Lo superarás como ya hiciste antes, cuando parecía que no quedaban esperanzas.
Se volvió hacia mí con el mismo gesto que yo había contemplado incontables veces en las discusiones y escaramuzas de nuestros 20 años de escribir juntos y de amor apasionado. Con una mezcla de buen humor y escepticismo, pero, como siempre, sin vestigio de autocompasión, rehusó escuetamente:

-Bueno, veremos quién tiene razón ahora.

Sam, de cinco años ya, fue a ver a su padre por última vez. Aunque Carl luchaba por respirar y le costaba hablar, consiguió sobreponerse para no asustar al menor de sus hijos.

-Te quiero, Sam –fue todo lo que logró musitar.

-Yo también te quiero, papá –dijo Sam con tono solemne.

Desmintiendo las fantasías de los integristas, no hubo conversión en el lecho de muerte, ni en el último minuto se refugió en la visión consoladora de un cielo o de otra vida. Para Carl, sólo importaba lo cierto, no aquello que sólo sirviera para sentirnos mejor. Incluso en el momento en que puede perdonarse a cualquiera que se aparte de la real situación, Carl se mostró firme. Cuando nos miramos fijamente a los ojos, fue la convicción compartida de que nuestra maravillosa vida en común acababa para siempre.

Al final de su texto, Druyan comenta que muchas personas le escribieron cartas en las que lloraban la pérdida de Sagan. “Algunas afirman que el ejemplo de Carl las indujo a trabajar por la ciencia y la razón contra las fuerzas de la superstición y el integrismo. Esos pensamientos me consuelan y alivian mi angustia. Me permiten sentir, sin recurrir a lo sobrenatural, que Carl aún vive.”

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