Thursday, June 29, 2006

¿UN AMOR QUE MATA?


Lejos de ser un tema poco abordado en la ciencia ficción, la homosexualidad ha sido tratada en un gran número de trabajos. Quienes en México escriben ficción científica también han explorado el homoerotismo.

La palabra fanzine –explica Andrés Tonini- es una contracción de dos palabras inglesas: fan (aficionado) y magazine (revista), por lo cual un zine –para abreviar aún más-, es una publicación no profesional que es editada por un aficionado –o por un grupo de ellos-, dedicada generalmente a un tema específico, como pueden ser las historietas, las películas del Santo, el movimiento punk, el más puro gore, o como en nuestro caso, la Ciencia Ficción y otras literaturas alternativas.

Andrés Tonini era el editor del fanzine ¡Nanual!, ciencia ficción, fantasía... y lo que caiga, dicho fanzine se elaboraba en la legendaria y queridísima Facultad de Ciencias de la UNAM.

¡Nahual! ocupó un lugar importante dentro de la ciencia ficción mexicana. El mismo Tonini dice: “El ¡Nahual! era un fanzine de Ciencia Ficción, Fantasía y Horror (entre otras cosas), fundado por un grupo de amigos de la Facultad de Ciencias de la UNAM. A lo largo de su corta historia fueron y vinieron diversos colaboradores, sin embargo, los más constantes fueron: Juan Carlos Estrada, Omar Hebertt, JaEr!, Isaac González, Gerardo Sifuentes, entre otros. Se publicaron principalmente cuentos de ciencia ficción, fantasía y terror”.

El fanzine llegó al número seis. Pero Tonini no se quedó con los brazos cruzados, regresó a las andadas con “El oscuro retorno del hijo del ¡Nahual!” Una publicación electrónica (en formato PDF para leerse con programa Acrobat Reader).

En 1977 la revista Ciencia y Desarrollo (del Conacyt) comienza a publicar relatos de ciencia ficción, en 1983 publican la obra de un autor mexicano, La tía Panchita de Antonio Ortiz. En 1984 aparece la convocatoria del primer Concurso Nacional Puebla de Cuento de Ciencia Ficción. El primer cuento ganador fue La pequeña guerra, del periodista Mauricio-José Schwarz. Gabriela Rábago Palafox obtuvo este premio en 1988 con su relato Pandemia, y en esta obra se ocupa de la homosexualidad, el SIDA, la ignorancia y los prejuicios.

¡Nahual! le dedicaba un espacio a los cuentos clásicos de cf mexicanos. Pandemia fue el clásico que apareció en el número seis. En dicho número leemos: “Una gran pérdida para la CF mexicana y, ¿por qué no decirlo?, para la literatura general de México, significó el fallecimiento de Gabriela Rábago Palafox en octubre de 1995. Poetisa y escritora, autora, entre otras obras de las novelas Todo ángel es terrible, Federico, y La muerte alquila un cuarto, así como los libros de cuentos La señorita y La voz de la sangre. Gabriela fue también la primera mujer en adjudicarse el Premio Puebla en su quinta edición, allá por 1988, con el relato que ahora les presentamos”.

En el mundo que describe Gabriela la intolerancia y la doble moral están entre los problemas que hay que enfrentar: “Pese a la propaganda oficial contra cualquier clase de discriminación de las personas infectadas, el estigma era un hecho cotidiano que sufrían por igual burgueses y desposeídos, porque los líquidos que extendían el contagio del mal eran el semen y la sangre –es decir, el virus se transmitía preferentemente en la cama-, lo cual determinaba que la voluntad pública convirtiera el asunto médico en cuestión moral (...) La gente de bien –las personas decentes que preponderaban nuestras abuelas-, buscaron protegerse de la infección con oraciones y medallas o palmas benditas (¿no hablarían al respecto las cartas de Fátima?). Evitaron transfusiones de sangre desconocida: nunca como entonces se hizo evidente la diferencia de licores sanguíneos. Rehusaron el roce social con individuos sospechosos. En el fondo de su espíritu dieron gracias a Dios por no ser unos degenerados (...) Frente a las evidencias aplastantes, las familias bien, igual que la gente común, tuvieron que disfrazar de estupor su vergüenza. La población masculina sexualmente activa, comenzó a decrecer de manera alarmante. Además de los solteros, morían los pater familiae, los maridos fotografiados el día de su boda, los curas y los ministros de gobierno. A la comunidad homosexual, que mantenía sólo medio encubierto su estilo de vida, le quedaba el consuelo de una realidad considerablemente más digna -¿qué importaba que los obituarios de los bisexuales hablaran de accidentes fatídicos, ‘antiguos padecimientos’, fallas cardiacas y varios eufemismos por el estilo?”

Los homosexuales tienen que hacer frente a todo esto: “Se habla de que nuestro amor mata, y esto es cierto sólo en parte. A todos vosotros, gais y lesbianas principalmente, que sabemos claramente lo que queremos, y a todas las personas que luchan para conseguir el pleno derecho de nuestro cuerpo; a todos les decimos que el amor o la práctica homosexual no matan y, suponiendo que lo hicieran, preferimos morir de este amor y no a consecuencia de los otros amores que sí matan de verdad. Consideremos el amor de los señores que tienen el poder de las bombas, armas, misiles y centrales nucleares. El amor de estos mismos señores a los medios de comunicación con el fin de anular el cerebro de cada persona y así podernos manipular tranquilamente. El amor del gobierno de los Estados Unidos a las dictaduras que asesinan con toda impunidad. El amor del Vaticano a la decadencia y el estancamiento. ¡Amores todos que sí son verdaderamente terroríficos y destructores!”

Este es el mundo gris que describe Gabriela, un mundo en el que parece haber poco lugar para la esperanza o la alegría, sin embargo, los activistas lejos están de abandonar su lucha; ejemplo de ello es el jesuita John J. McNeill, quien a pesar de la homofobia imperante aparece en la televisión para dar su punto de vista: “Durante largo tiempo hemos cargado los hombros de esos hermanos nuestros que se llaman a sí mismos gay, con un pecado inexistente, surgido de un error de traducción. ¿Hasta cuando reconoceremos que el pecado de Sodoma y Gomorra fue la falta de hospitalidad debida a los extranjeros –es decir, la falta de amor- y no el de la lujuria homosexual, como tanto se ha difundido? Nos hemos olvidado del amor y osamos castigar a quienes tal vez sí lo practican, simplemente porque no estamos de acuerdo con sus preferencias sexuales...”

A 18 años de que Gabriela ganara el Puebla ¿qué tanto hemos avanzado como sociedad?, ¿somos más tolerantes?, ¿es nuestro país muy diferente del mundo que imaginó Gabriela?

Wednesday, June 28, 2006

AMOR Y SEXO EN LA VIDA DE WITTGENSTEIN
(Primera parte)


Un homosexual dado a arrebatos de promiscuidad incontrolable


Cuando Ray Monk se encontraba realizando la biografía del filósofo Ludwig Wittgestein, con frecuencia le preguntaban “¿Qué vas a hacer con respecto a las afirmaciones de Bartley?”

Monk explica: “Según Bartley, mientras Wittgenstein estudiaba para maestro y vivía en una pensión de Viena, descubrió una zona en el cercano Prater (un gran parque de Viena, quizá análogo al Richmond Park de Londres), donde ‘unos rudos jóvenes estaban dispuestos a satisfacerle sexualmente’”

William Warren Bartley III cuenta que una vez que Wittgenstein descubrió este lugar “apenas podía mantenerse alejado de él. Varias noches por semana huía de sus habitaciones e iba a paso vivo hasta el Prater, poseído, tal como se lo expresó a sus amigos, por un demonio que apenas podía controlar. Wittgenstein se encontró con que prefería el tipo de jóvenes homosexuales francos y rudos que podía encontrar caminando por los senderos y callejas a los jóvenes ostensiblemente más refinados que frecuentaban el Sirk Ecke de la Kärtnerstrasse y los bares vecinos de los confines de la ciudad”.

Después de la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein renuncia a su fortuna (había regresado a Viena como uno de los hombres más ricos de Europa), y decide convertirse en maestro de escuela elemental. Las actitudes y decisiones de Wittgenstein resultaban incomprensibles. Su hermana Mining explicaba: “Le dije que imaginármelo, con una mente ejercitada como la suya en filosofía, de maestro de escuela elemental era para mí como si alguien utilizara un instrumento de precisión para abrir cajones”. Wittgenstein le respondió: “Me recuerdas a alguien que está mirando a través de una ventana cerrada y no puede explicarse los movimientos extraños de quien pasa por delante. No sabe qué tipo de tempestad hace estragos fuera ni que esa persona tal vez sólo con muchos esfuerzos puede tenerse en pie.” Atormentado estaba el espíritu del filósofo (durante la guerra también lo había estado, de hecho lo estaría casi toda su vida), esperaba que las decisiones que estaba tomando le condujeran a la paz interior. Franz Parak había sido compañero de Wittgenstein en el campo de prisión en Monte Cassino; según Franz, el filósofo-místico seguía los Evangelios al renunciar a su fortuna y hacerse maestro: Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y sígueme.

Así, a finales de septiembre de 1919 (para ese momento ya había repartido su dinero entre sus hermanos) se instaló a las afueras de Viena, sólo tenía que caminar diez minutos para llegar a los prados del parque del que habla Bartley.

De aquel lugar Bartley afirma: “Y era a este especial lugar –que todavía se usa por la noche con la misma finalidad y es tan peligroso como entonces- a donde Wittgenstein se apresuraba a ir siempre que vivió allí o visitó Viena”.

Pero ¿Bartley proporciona evidencia al respecto? No, según Monk. Bartley se limita a afirmar que se basa en los relatos que confidencialmente le hicieron algunos amigos de Wittgenstein.



Bartley cuenta lo siguiente con respecto a la investigación que realizó: “Así pues, no sin cierta desconfianza alquilé un coche en Viena todas las mañanas durante buena parte de un verano para trasladarme, con miedo a no sacar nada en limpio, a los remotos pueblos de Trattenbach, Otterthal y Puchberg, situados en la baja Austria, la parte conocida como Semmeringo Neunkichen, en donde Wittgenstein enseñó desde 1920 hasta 1926 (...) Me acerqué a bares de homosexuales en Viena y Londres en busca de aquellos que conocieron, de otra manera, a Wittgenstein (...) Espero que de mi trabajo de campo –combinando las calles del tercer distrito de Viena, andando solo y con cierta aprehensión a través del Prater bien entrada la noche, trajinando por las calles polvorientas cerca de Hütteldorf y en Neunkirchen, conversando con aquellos que recordaban a Wittgenstein, lo mismo un viejo desdentado director de escuela en su ático que un homosexual de edad avanzada en su propio pub 'especial'- surgirá un cuadro algo más vivo de este periodo en la vida de un filósofo extraordinario”.

Bartley cuenta que hacia finales de abril de 1920 Wittgenstein tuvo que mudarse a un lugar más cercano al Prater. “Fue durante este tiempo en el que se vio implicado en el comportamiento con más promiscuidad en su vida”.

Monk afirma que a pesar de la ausencia de pruebas, las afirmaciones de Bartley gozan de cierta aceptación: “Parece ser que muchas personas encuentran tan natural pensar en Wittgenstein como en un homosexual promiscuo y lleno de remordimiento que tienden a aceptar las afirmaciones de Bartley sin ninguna prueba. De algún modo ‘encaja’ con la imagen que tienen de Wittgenstein: hasta tal punto que la imagen de Wittgenstein vagando lleno de remordimientos por los senderos del Prater en busca de ‘rudos jóvenes homosexuales’ se ha convertido en parte indeleble de su imagen pública”

Para Monk, los albaceas del filósofo, entre ellos Elizabeth Anscombe, han contribuido a la popularización de esta imagen, ya que han afirmado que preferirían que la gente no se interesara en la vida personal del filósofo. Por otro lado, las observaciones más personales de Wittgenstein no han sido publicadas.

Bartley escribe que trataron de impedirle la publicación de sus descubrimientos: “varios de los albaceas literarios y familiares de Wittgenstein amenazaron con proceder legalmente para suprimir la publicación del libro y se dirigieron a los editores ingleses con la intención de persuadirles de que pararan la publicación”; los albaceas también “establecieron contacto con aquellos a los que mencionaba entre los agradecimientos, pidiéndoles que se disociaran de mí y que me retiraran el permiso para usar sus nombres.”

Esto lleva a pensar a la gente que se está tratando de ocultar la promiscuidad homosexual de Wittgenstein.

Las “horrorosas” afirmaciones de Bartley provocaron reacciones como la siguiente: “en el Centro de Documentación sobre Wittgenstein, en Kirchberg am Wechsel, en Austria, sede del congreso internacional anual sobre Wittgenstein, se dedicaron dos sesiones a demostrar que Wittgenstein no era homosexual y que mi explicación era verfalschend (errada)”.

¿A qué se deben estas reacciones? Según Bartley el primer problema al abordar la orientación sexual de Wittgenstein, es que la sexualidad -por sí misma- es un tema que a muchos les causa conflicto: “Es improbable que se pueda tratar con alguna ecuanimidad la homosexualidad hasta que se trate de esa manera la misma sexualidad. Y parece poco probable que, a pesar de la evolución del siglo pasado, esto haya de ocurrir pronto”. Además aclara que al tratar el tema no critica a Wittgenstein por sus preferencias o actividades sexuales.

Para Bartley no hay ninguna razón para seguir discutiendo si Wittgenstein era o no homosexual, ya que su orientación sexual “ha sido ratificada por sus propias afirmaciones en sus diarios cifrados”.

Bartley afirma que los albaceas de Wittgenstein poseen las notas en las que el filósofo anotó su homosexualidad, se trata de dos cuadernos en código:

El primero data del periodo de la Primera Guerra Mundial y acaba antes de 1918: “En él discute sus deseos y ansias homosexuales, las recurrencias a la ‘sensualidad’ y el tipo de tormento que le producen. No hay allí, sin embargo, evidencia inequívoca de actividad homosexual, de forma que no se puede juzgar con certeza si la relación de Wittgenstein con su amigo David Pinsent –de quien se ha supuesto generalmente que era homosexual- implicaba relaciones sexuales activas”.

El otro cuaderno es posterior a 1928, “y revela no sólo que Wittgenstein estaba envuelto en actividades homosexuales, sino que tal pensamiento le produjo una gran angustia espiritual. En esas páginas, Wittgenstein encuentra horroroso el que tenga dichos deseos, aunque comenta, asimismo, que no puede acusarse a sí mismo por tenerlos. Este diario revela también que existía práctica activa homosexual en la relación de Wittgenstein con su amigo Francis Skinner”.

Bartley menciona otro documento: “Hay incluso una alusión a su homosexualidad en una carta de Wittgenstein a su hermana Mining, escrita en tiempos tan tempranos como los de sus días de estudiante de ingeniería en la Universidad de Manchester (1908)”.

Según Monk, quien afirma que tuvo acceso completamente libre a todos los textos en clave que poseen los albaceas literarios, lo que en esas notas aparece es el amor que sentía por David Pinsent, Francis Skinner y Ben Richards; “y en ese sentido ‘corroboran’ su homosexualidad. Pero no corroboran las afirmaciones de Bartley acerca de la homosexualidad de Wittgenstein. Es decir, no dicen ni una palabra de que fuera al Prater a buscar ‘rudos jóvenes’ ni hay nada en ellos que indique que Wittgenstein tuviera un comportamiento promiscuo en ningún momento de su vida. Al leerlos uno tiene la impresión de que era incapaz de tal promiscuidad, pues le incomodaba la menor manifestación del deseo sexual (homosexual o heterosexual).”

Más adelante abunda: “La excitación sexual, tanto homosexual como heterosexual, le turbaba enormemente. La veía como algo incompatible con el tipo de persona que quería ser”.

Sobre este punto, M. O’C Drury, amigo íntimo de Wittgenstein, escribió: “la sensualidad, en cualquiera de sus formas, era completamente ajena a su ascética personalidad”.

Monk cree que la vida amorosa y sexual del filósofo sólo tenía lugar en su mente: “Resultaría completamente coherente con todo lo que sabemos de Wittgenstein el hecho de que encontrara fascinantes a esos rudos jóvenes homosexuales que encontró en el Prater, que fuera una y otra vez a ese lugar donde podía verlos, y que dejara constancia de esa fascinación en sus cuadernos. Pero también resultaría del todo coherente con lo que sabemos el que esos mismos jóvenes no supieran nada de la existencia de éste.” Monk cree que si Wittgenstein fue “sexualmente promiscuo”, sólo lo fue en su imaginación.

Rush Rhees y J. J. Stonborough están entre los autores que han tratado de refutar las afirmaciones de Bartley. No han tenido éxito. Según Monk, Rhees sólo afirma que “aun cuando lo que dice Bartley sea cierto, es ‘asqueroso’ por su parte repetirlo”. Stonborough sólo argumenta que de ser cierto, Wittgenstein hubiese sido chantajeado; Bartley ha presentado su réplica. De igual modo, Bartley explica (a pie de página) que uno de sus detractores, Adolf Hürbner, director del Centro de Documentación sobre Wittgenstein, cambió de opinión. En su libro “Bartley Refuted” (1978) negaba la homosexualidad del filósofo; en su libro “Wittgenstein” (1979) escribió sobre las tendencias homoeróticas del autor del Tractatus.

Para Monk, el punto importante (para confirmar o refutar a Bartley) es averiguar exactamente qué información recibió. Monk cree que Bartley posee un texto de 1919 ó 1920 en el que Wittgenstein narra uno de sus sueños. Cuenta Monk: “Si esta hipótesis (y reconozco que esto es pura especulación) es correcta, entonces este manuscrito debe ser la fuente de los supuestos ‘episodios del Prater’. De modo que le envié una carta a Bartley y le pregunté directamente si existía o no tal manuscrito; sólo dijo que revelar su fuente de información sería traicionar la confianza de alguien, y que no estaba dispuesto a realizar tal deshonestidad. Por tanto considero que esta hipótesis también podría ser falsa.”


REFERENCIAS

Warren, William. “Wittgenstein”. Ediciones Cátedra. Colección Teorema. Madrid.
Monk, Ray. “Ludwig Wittgenstein. El deber de un genio”. Editorial Anagrama. Barcelona. 2002.